viernes, 14 de agosto de 2015

Me presento



Era viernes por la noche, como de costumbre me dirigía al local de mi buen amigo argentino. Un bar situado en el centro de la ciudad, bastante ambientado y uno de los pocos en los que aun no servían matarrata. Aparque mi nuevo descapotable en la calle colindante a la iluminada entrada del local, ante la atenta mirada de las chicas más próximas claro está, y me encamine hacia el local. En la puerta, como era habitual, se encontraba el gomina, así apodado por el uso abusivo que hacía de dicho producto. Tras los habituales saludos que nos repartíamos alegremente y demás muestras de amistad, entre por las cristalinas pero silenciosas puertas de cristal.
El interior bullía de vida, decenas de personas se aglomeraban en la pista o alrededor de la barra. El DJ pinchaba la música más reciente de los artistas del momento para que la gente convulsionase su cuerpo al ritmo de las notas y sudasen, ya que en realidad es ahí donde se encuentra el negocio de los bares. Abriéndome paso entre la muchedumbre, me acerque hasta la barra. Mi amigo el argentino estaba allí, todo un maestro en el arte de servir copas. Según creo recordar, había estudiado duramente para barman y además había trabajado con grandes artistas dentro de ese mundillo, gran parte del éxito de su bar estaba en que tanto él como su compañero hacían verdaderos shows a la hora de servir copas a los clientes. Aguarde hasta que sus ojos rondasen la esquina en la que me encontraba y de esta forma se diese cuenta de mi presencia, no tardo mucho en acercarse hasta mi para darme un fuerte abrazo.
-¿Qué tal socio? ¿Cómo se planea la noche?- me pregunto alegremente.
-Ya sabes que no planeo, solo dejo que las cosas sucedan como han de hacerlo.- y le guiñe un ojo pícaro.
-Que granuja estás hecho. ¿Qué deseas que te sirva?
-Lo de siempre.
-Marchando un rojo especial.
En cuanto tuve la copa en mis manos me aparte a un rincón de la sala, tome asiento en un taburete alto y comencé a ver lo que a mi alrededor sucedía. Aquel era uno de los momentos de la noche que aguardaba con mayor placer. Que simple es la gente en un momento de fiesta, simple y previsible.
Allí estaba el típico chaval que por tener dos copas de más en el pecho ya se creía todo un adonis, es que mueve las caderas, o por lo menos lo intenta, en una vulgar danza de apareamiento, también pude ver al sereno y al observador. Por supuesto no había que dejar de lado el comportamiento femenino, cosa que me importaba bastante más que la actitud masculina en general. Teníamos a la pija desmelenada por un lado, el grupo de universitarias de primer año que ya se creían muy mayores por el mero hecho de tener 18 años y de este modo poder entrar en los bares y consumir alcohol sin penalización todo ello acompañado del mas que decorativo cigarro que aun no saben ni como coger, pero que se lo meten para sus jóvenes pulmones porque creen que de este modo son más maduras. El grupito del fondo era el de una despedida de soltera, mujeres debocadas que por una noche pierden el decoro y se desmelenan hasta la saciedad, aunque lo normal es que no pasen de las bromas y el cachondeo y guarden respeto por sus parejas, definitivamente no son buena presa. Gran variedad de personas y de actitudes, pero a grandes rasgos se podían resumir en tres grupos: Los deseados, los que desean y los que se entretienen. Este último grupo es el más fascinante, pues sus componentes pasan de un grupo a otro en un abrir y cerrar de ojos.
De pronto me sentí observado, sabía que por allí habrían más como yo, observando la actitud del resto, pero lo extraño era que sentía que esa presencia se entretenía observándome a mí, a otro observador. Incorpore la cabeza y comencé a repasar con lentitud todos y cada uno de los grupos de personas que allí se congregaban aquella noche, hasta que por fin di con ella.
Una dulce jovencita de pelo negro a capas, de tez blanquecina y maquillaje un tanto tétrico. Sus ojos eran de un verde intenso y de una profundidad que parecía rasgarte el alma. Combinaba con gran sutileza los tonos malva, violeta y negro en sus variadas prendas, aunque lo que más me fascino fueron aquellas trabajadas medias de redecilla que se asemejaban al trenzado de una tela de araña.
Quise comprobar si realmente era a mí a quien miraba o en realidad era a alguien próximo y eran mis sentidos los que me fallaban, así que ladee un poco la cabeza y le sonreí. La verdad es que jamás olvidare aquella dulce sonrisa que me regalo, dudo que haya recibido o reciba alguna tan siquiera parecida a aquella placida muestra de simpatía. Si, realmente era a mí a quien miraba. Así que sin más preámbulos comenzaba el cortejo que de costumbre se establece en cualquier local de copas entre personas que no se conocen de nada pero que sienten curiosidad entre sí.
Comenzamos con las miradas y las sonrisas, la distancia no enfriaba cada uno de nuestros gestos. El siguiente paso fue acercarme hasta la barra y ver si ella se acercaba, y como esperaba se acerco y por unos instantes nuestros cuerpos se rozaron en un primer y deseado contacto.
-Perdona.- le dije al pasar a su lado. Ella se limito a sonreírme.
Volví a mi asiento y aguarde con entusiasmo a que ella regresase a su pequeño grupo de amigas. La verdad es que no me resultaba lógico el ver a una gótica en medio de un grupo de jóvenes, aunque la verdad es que sus componentes variaban bastantes las unas de las otras. Podríamos comentar que variaban desde una chica recatada hasta una gótica, pasando por una hippy o por una rapera.
Cuando regreso comenzamos con la segunda parte de lo que viene a ser mas miradas y sonrisas, pero algo nos interrumpió, algo que sabía que podía acabar mal o mejorar en lo que cabe mis ya de por si suficientes posibilidades.
Un joven, un tanto ebrio, se acababa de acercar a la chavala más pija. Mal asunto para mi, pues desde el principio esa chavala había demostrado ser lo que los estudiosos denominarían la hembra alfa, la mujer dominante del grupo.
Con estas mujeres suele pasar que o les caes bien o simplemente no te pueden ver. Si sucede lo primero, bien, estarás dentro del grupo de sus amigas e incluso te echara un cable para ligar con alguna de ellas. Pero si por el contrario sufres la desdicha de no caerle bien, todo intento de conocer a alguna de sus amigas o simplemente de acercarte será interceptado de inmediato por ella y repelido con el más que probable ataque de indirectas o con el temido y mas que seguro ceño fruncido.
El chaval parecía haberle caído en gracia, por lo que en pocos segundos el resto de sus amigos se encontraban en el interior del cerco de chicas convulsionándose sin ritmo alguno, intentando de parecer adonis y de demostrar que son los mejores chavales del lugar. Vamos lo que cualquier macho sin dos dedos de frente hace normalmente en una situación tal. Aunque para mis ojos el espectáculo era distinto, ante mi solo podía ver un pequeño grupo de chimpancés ebrios que se movían torpemente mientras intentaban impresionar a un grupo de hembras que miraban hacia otra parte.
Bien, me decía para adentro. Ya no pueden caer más bajo, cualquier otro que se acerque y al menos pueda darles una grata conversación se ganara el favor de la hembra alfa. Pero si cayeron aun más bajo, el muchacho que primero se había acercado al grupo, bien fuese por todo lo que ya había tragado o por los abusivos giros de cabeza que había dado en su fatal estado, abrió el grifo y desde su garganta descendió el trágico final que conduce a todo hombre al destierro del edén femenino.
Aunque bien visto me proporciono el mejor momento, ya que la hembra alfa tuvo que salir corriendo al servicio debido al gran lamparon multicolor que posaba sobre su pecho. Salte rápidamente del taburete en el que durante las dos horas anteriores había permanecido sentado y comencé a abrirme paso hasta donde ella se encontraba. A cada paso estaba más cerca, mucho más cerca, y justo cuando casi alcanzaba a tocarla una mancha multicolor se cruzo por delante de mi rostro y a su paso el grupo de chicas, que hasta aquel momento había estado allí, se esfumo.
Maldición, debía de comenzar de nuevo. Apenas me quedaba tiempo y debía de conquistar a otra damisela. Tome de nuevo asiento en mi preciada y habitual esquina y comencé a divisar a mi alrededor.
Al fin, justo en la esquina de la barra. La dama era rubia, de piel rosada y ojos azules. De complexión delgada y la verdad que bastante bella, pero se veía eclipsada por sus dos exuberantes y bastante desenvueltas compañeras. Cuatro jóvenes parloteaban sin sentido intentando dejarse en ridículo los unos a los otros intentando de quedar por encima del resto. Insulso, aún sus inmaduras mentes no son capaces de razonar que el insulto y la degradación de tus compañeros en un rápido intento de demostrar tu propio valor, solo demuestra la inmadurez del individuo, el rechazo que siente hacia sí mismo y la baja autoestima que sufre. Cosas que las mujeres saben descifrar con gran exactitud.
Mientras sus dos desinhibidas compañeras parloteaban con los cuatro jóvenes, ella se mantenía al margen sumergiendo sus pensamientos en la profundidad de su copa. Aquella era la presa perfecta para un depredador como yo. Mujer joven, eclipsada por sus dos amigas, sin ningún pretendiente a mano y con mil cosas que pensar en la cabeza. La verdad es que resultaba un trabajo bastante fácil.
Rápidamente me acerque hasta su lado, sin aun mediar palabra con ella indique a mi buen amigo que se acercase y aguarde a que cada pieza del puzle estuviese en su lugar.
Sabia su nombre gracias a un precioso colgante de plata que brillaba en su cuello y que rezaba el nombre de Helena, así que en cuanto mi amigo argentino estuvo lo suficientemente cerca le susurre el plan al oído mientras me serbia otra copa. Al cabo de unos minutos la luz se volvió tenue, mas intima. La música se volvió suave y la voz del DJ se escucho en toda la sala.
-Para Helena, para que deje de sumergir su mágica mirada en el fondo de su copa y la alce para ver los ojos de su admirador.
La chica se inquieto, no esperaba aquel gesto por parte de nadie de la sala, incluso sus amigas parecieron sentirse molestas al comprobar que alguien lograba dedicar una canción en aquel bar y no era a ellas si no a su amiga a la que se la dedicaban. Segundos después mi socio se acercaba hasta la muchacha con una copa de champagne y dos rosas. Este gesto la desconcertó aun más y para mal de remedios enfureció del todo a sus dos amigas, que incluso llegaron a intentar llevársela del lugar pero se lo impedí.
Allí estaba yo, delante de las dos enfurecidas jóvenes, interponiéndome entre la frágil dama a la que había decidido cortejar y las dos arpías de sus amigas.
-¿Tu quien eres?- me pregunto con desprecio una de ellas.
-Aquel que ha decidido darle el valor que merece a una flor que durante todo este tiempo ha sido rodeada por espinas y cuyo esplendor fue cubierto por los cardos que la oprimían.
-¿Cómo? Tu estas mal de la cabeza, aparta.
-Cuanta incultura.- dije desanimado al ver que mi reto verbal pasaba desapercibido para aquellas dos jóvenes.- Digo que yo soy quien ha dedicado la canción a vuestra amiga y quien estaría dispuesto a colmarla de rosas. Vosotras dos solo la eclipsáis, exhibís vuestros cuerpos como si de mercancía se tratase para obtener el beneplácito de jóvenes incultos y borrachos y de ese modo sentiros mejor con vosotras mismas, sin saber que lo que lográis con ello es hundiros aun mas en la miseria de vuestras vidas y de sentiros menospreciadas aun mas mientras le restáis valor a vuestra amiga por no venderse como vosotras. Pero por ello ella es más bella y valiosa que vosotras dos. Así que dejad que ella sea quien decida si prefiere marcharse con vosotras o pasar al menos cinco minutos con migo mientras tomamos una copa.
-Sera el tipo… Helena vámonos.
-Me quedo con él.
-¿Cómo?
-Ya oísteis, fuera.
No recuerdo muy bien de qué hablamos exactamente, pero la verdad es que me divertí bastante con aquella grata conversación. Mientras hablaba con ella, algo en mi interior crecía a límites insospechados.
La tome de la mano y salimos al exterior del local, subimos a mi coche y nos marchamos a mi casa. Allí desatamos nuestra pasión. Cientos de caricias, decenas de abrazos y miles de besos recorrían nuestros cuerpos. No sé muy bien como sucedió, pero la bestia de mi interior se desato y perdí el control como cada fin de semana. El demonio que palpitaba en mi interior me poseyó y sacio su sed con la sangre de aquella joven y delicada muchacha. Cuando recobre el conocimiento todo había terminado, de la chica no quedaba rastro.
Me sentía mal por lo sucedido, pero debía de calmar a esa bestia cada viernes o ella acabaría conmigo.
El viernes llego rápidamente y regrese como siempre al local de mi amigo argentino. Me situé como de costumbre en aquel apartado rincón observando el ambiente de siempre. Las mismas caras, los mismos chimpancés sin cerebro, las mismas desbocadas yeguas. Y entre todo aquel gentío la puerta se abrió, era mi dulce Helena. Me miro y sonrió, pero nuevamente volvió a salir del local.
Había entrado solo pasa ver si yo estaba allí, aunque en ella había algo que me resultaba muy familiar.
Escogí a otra víctima y como siempre me acerque a ella para conseguir lo que cada viernes buscaba, lo que no sospechaba es que en un local cercano una voz bastante familiar le susurraba al oído a un chico…
-Me presento, mi nombre es Helena.

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