jueves, 19 de octubre de 2017

Entre rejas por Leticia Meroño


Te escribo desde mi celda, rodeada de rejas frías, aquellas que intenté romper pero cuyo metal heló mi corazón. Ya no intento salir, me acurruco en una esquina evitando el sol que entra por la ventana, la luz daña mis ojos, la penumbra cubre mi ser protegiendo a mi corazón de un deshielo.
Sobre papel derramo palabras que nunca leerás; no obstante, mi alma cree que de esta manera podrá apaciguar el dolor que me invadió en tan fatídica vida. Y es que en un segundo todo puede desmoronarse. En un solo segundo. Resulta incoherente, lo sé. Yo nunca lo creí, mi confianza era tan ciega que nunca lo creí. Ahora te advierto, aunque nadie mejor que tú lo sabe, que nunca des nada por hecho, el tiempo nos engaña, a veces tarda en construir cosas, las hace fuertes y, sin embargo, de un solo soplido las desvanece. El tiempo no es real: un segundo que durará toda la vida. Y aunque tú ya lo sabías, no dudaste en sentenciar con tu mano de dictador, eras consciente de lo que sucedería, de que me encerrarías en un cautiverio el resto de mis días, un solo segundo para condenarme y, sin remordimientos, me empujaste a este abismo de tormento. Sola. En un segundo estaba sola. La herida sangraba tanto que me asusté y no había nadie para ayudarme, intenté taponar con mis manos tanta desazón, pero son tan finas y se volvieron tan frágiles que el suelo no tardó en cubrirse de color escarlata. Dejé de presionar la herida porque no había manera de detenerlo y estaba perdiendo la energía. Pensaba que si la guardaba sería capaz de salir de esta celda, pero no fue así. Cada vez que tocaba ese metal me quedaba más y más fría, sentí tanto miedo que preferí llorar a volverme una criatura sin sentimientos.
Nadie vino a buscarme. Ojalá hubiese tenido un abrazo para consolar tan desdichado final, ojalá. Pero tu mano era cruel y no quiso que hubiera consuelo para mí. Me castigaste con el peor de los tormentos y a pesar de las horas que he pensado en ello no he logrado comprender el porqué. ¿Quién sería capaz de torturar a alguien que muestra un amor infinito? Siempre pensé que el mismísimo diablo se ablandaría ante un amor puro, ¡qué equivocada estaba! Ahora sé que el mal disfruta dañando a la esencia. Y aun sabiendo que no tienes corazón, viendo lo que has sido capaz de hacer, sintiéndolo en lo más profundo de mi ser, aun así… necesito hablarte.
Me maldigo cada día por haberte entregado aquello que guardaba con recelo para mi alma gemela. Esperé con paciencia durante largos años con la esperanza de no morir sin entregar mi alma a mi otro yo, y paradojas de la vida, se la regalé al diablo, ni siquiera la vendí.
Ya no hay salvación para mí. Te escribo estas líneas, para que si las lees sepas que venciste. Mis fuerzas se desvanecieron con mi ilusión, y agarré con fuerza esos barrotes de metal que me encierran, grité y tiré de ellos hasta que mi corazón se convirtió en hielo. Y es que tú lo sabías, el metal absorbe el calor, jamás podría salir de mi jaula.
Has vencido, ¿pero sabes? Ya no me importa. ¿Para qué querría salir de aquí? ¿Puede acaso amarse dos veces con la misma intensidad?

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