Cuentan las lenguas sabias que antes de que el sol brillase por primera vez
sobre el horizonte, antes de que la tierra se asentase y los pies descalzos del
primer ser con vida avanzasen por estas tierras, el mundo era un terruño frío y
gris. Nada en él era digno de ser observado con reverencia y gracia, una mera
quimera que viajaba en la mente de los dioses sin que estos se dignaran a
mirarlo.
Pero un buen día, hace tanto que ni los más ancianos y sabios conocen
cuando, uno de esos dioses desvió la vista de su camino y observó por primera
vez este espacio vacío. Su mente explotó en miles de ideas con las que comenzar
a llenar estos lares virginales. Tomó papel, tinta y pluma y comenzó a dar
color y forma a la nada.
Después de este primer Dios muchos otros han llegado y llegarán, creando
todo un universo de vida, formas y colores nunca antes observados por nadie.
Algunos Dioses solo nos observan en nuestras vidas llenas de aventuras, amores,
terrores, etc. Otros tristemente siguen su curso sin pararse a pensar en el
teatro de la vida que interpretamos para ellos por obra de sus congéneres.
Aún así muchos llegaron antes que yo, otros conviven conmigo y los habrán
que llegarán cuando no quede ni memoria de mi existencia, pero este universo ha
sido creado y no desaparecerá mientras haya Dioses que quieran seguir
escribiendo sobre nuestras vidas, tierras y sueños. Seguiremos actuando en
estos mundos de tinta, esperemos que por una eternidad. Mientras haya gente que
nos lea y sueñe con nosotros.
Esta es la historia de mi tierra, de mi mundo y sus gentes, una pequeña
parcela en un universo de literatura, uno de los muchos mundos de tinta.
De los textos de Ab-khinsha, sabio de la primera orden de sabios de Torskan.