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NO RESEÑAMOS NOVELA ERÓTICA, lamentamos las molestias.
viernes, 14 de agosto de 2015
El trono del Faraón
El Nilo ha crecido cuantiosamente y sus aguas transcurren en armonía rio abajo, sus ricas aguas inundan las tierras de cultivo bendiciéndolas para que sean muy fértiles en la próxima cosecha. Los niños juegan animosamente, mientras las barcas de sus padres regresan a puerto cargadas con el pescado capturado durante las primeras horas de la mañana.
Cerca de los muelles donde los pescadores se afanan en descargar la carga de sus barcas, el mercado bulle de vida. Los mercaderes gritan al populacho sus mercancías mientras los soldados del faraón mantienen la paz en medio de toda aquella jauría humana. Nada hace pensar que la paz y la tranquilidad de una mañana de mercado puedan ser enturbiadas por nada ni por nadie.
Mientras la gente común comercia, regatea o compra, el fuerte latido del corazón de un hombre se acelera por momentos. Cada rostro, cada palabra, cada gesto, parece señalarlo y desenmascararlo antes las decenas de personas y soldados que concurren entre las infinitas calles del bazar. Intenta huir, marcharse de aquel atestado lugar lo antes posible, llega tarde a la cita con sus hermanos y ello, en un día como hoy, no puede permitirse. Cualquier error, llegados a estas alturas, podría significar la diferencia entre el éxito o la muerte del fracaso.
Camina veloz hacia la salida, por fin logra perderse entre las sombras de una de las callejuelas que concurren en aquel lugar. Ha logrado pasar desapercibido por esta vez, pero deberá aprender a calmarse o sus nervios podrían jugarle una mala pasada la próxima vez. No, no abría una próxima vez si todos cumplían con su parte del plan.
Allí estaba, por fin había logrado llegar, la tercera casa a la derecha del taller del maestro alfarero. Sus tres hermanos de culto seguramente lo estarían aguardando en el interior, solo ansiaba que no lo hubiesen tachado ya de traidor. Había tardado tanto por culpa del mercader que había traído la caja, que tanto aguardaban, en barco por el Nilo, no había sido culpa suya. Ahora tenía entre sus manos aquello que durante tanto tiempo habían deseado con ansias, ahora podían ejecutar de una vez por todas sus planes.
Ahora, antes de cruzar la puerta debía de cumplir con uno de sus más fieles rituales, colocarse sobre la cara la máscara de Horus antes de encontrarse con sus compañeros. Sabia por que se escondían ante el resto de mortales, pero no comprendía el por qué de tener que utilizar mascaras para ocultar sus rostros entre ellos mismos. Sus hermanos de culto se lo habían explicado como un hecho de protección, como salvaguardia por si alguno caía que no pudiese revelar la identidad del resto. De hecho solo aquel oculto tras la cara de Amón los conocía, el había sido quien los había encontrado y reunido.
Una vez colocada la máscara entro en la casa sin hacer ruido alguno, sus tres hermanos de culto lo miraron. Los tres estaban sentados alrededor de una pequeña mesa de madera alrededor de la cual había cuatro sillas, cuatro cuencos de barro llenos de vino concluían todo el mobiliario del interior de la casa. Las mascaras de Amón, Ptah y Seth ocultaban los rostros del resto del grupo.
Horus se disculpo ante el resto de asistentes que le reprochaban la tardanza de su llegada, pero todos se calmaron al saber que traía consigo el objeto de su misión. Amón repartió un papiro a cada uno, en el interior de ellos explicaba con sumo cuidado el resto del plan, un secreto que hasta entonces había guardado con muchísimo recelo. Ahora todos sabrían qué hacer y donde debían de estar, ahora comenzaba el verdadero trabajo y de ello dependería por completo la victoria.
Fueron saliendo de uno en uno y perdiéndose por las enredadas callejuelas del barrio de los artesanos.
Horus caminaba mucho más tranquilo de regreso al palacio del faraón, aquel lugar que tan bien conocía desde hacía muchos años. Su padre había sido el cocinero personal de Nefernefruatón y anteriormente el ayudante del cocinero de la mismísima Nefertiti, pero ahora él era el encargado de cocinar todas las comidas que el nuevo faraón y su familia tomaban. Aquello era parte del plan, gracias a su estatus podría ejecutar su parte sin mucha dificultad. Si todo salía como Amón le había prometido, en poco tiempo estaría colmado de riquezas, mujeres y lujos.
Tras presentarse ante los guardias entro a las cocinas y allí se quedo sentado meditando en todo lo que había ocurrido en los últimos cuatro años, en como de ser un leal servidor del faraón se había convertido en un conspirador de su trono. Su alma se retorcía ante los miles de castigos que Ra podría infringirle, pero su codicia se regocijaba ante la inminente llegada de todo lo que durante su dura vida de sirviente había deseado.
Aun recordaba con toda claridad el día que encontró el primer mensaje de Amón escrito en una de las planchas de madera que venían con las mercancías del mercado. En aquel mensaje le pedía con urgencia que se reuniese con él al anochecer cerca del embarcadero real y que hiciese lo que hiciese destruyese la madera para que no quedase restos de ella. Así lo había hecho, la había destruido por completo, aunque la verdad es que para que acudiese a aquella extraña cita en un primer momento solo se le ocurría una explicación, la curiosidad de saber quién era el extraño que le enviaba un mensaje a través de una madera en un envío del mercado.
Aquella noche fue la primera vez que vio a Amón, estaba escondido entre la penumbra, de él solo era visible su fortaleza física y aquella enorme mascara del Dios. Le había ofrecido riquezas y mujeres a cambio de traicionar al faraón, Amón le aseguraba que el seria el heredero del trono por línea directa y que una vez estuviese coronado le daría todo lo que le había prometido y mucho mas. La verdad es que siempre había ansiado todo aquello, pero en un principio rechazo el ofrecimiento y regreso al palacio. Pero día tras día le llegaban regalos de Amón, brazaletes de oro con incrustaciones de zafiros y rubíes, collares de marfil, e infinidad de objetos preciosos de toda clase. Hasta que finalmente accedió a cumplir con los deseos de su nuevo camarada, traicionar al protegido de Satet, el faraón.
Durante meses no se habían visto, solo mantenían una secreta correspondencia por mensajes cifrados y ocultos entre los numerosos pedidos del mercado. Pero la noche había llegado, aquella en la que Amón le presentaría el resto de miembros del plan y les contaría que era exactamente lo que había estado planeando. Aquella noche fue cuando vio por primera vez a Ptah y a Seth. Seth era corpulento, un hombre rudo y con bastante temperamento, alguien semejante a Amón, pero Ptah era débil, frágil y de poco carácter. La verdad es que en aquel entonces no comprendía muy bien que hacía en aquel lugar, pero a lo largo de los años había cambiado y hoy por hoy no sabía quién le daba más miedo, si Ptah o Amón.
Con gran esfuerzo rechaza los pensamientos del pasado, debe de concentrarse en lo que tiene por delante, debe de preparar la última comida del faraón. Debe de prepararlo todo con mucho cuidado, en la cocina hay un soldado de la guardia personal del faraón observándole, lo vigilan a él y al resto de cocineros. Siempre están ahí, observando que no hagan nada extraño en la comida y mucho menos en la del propio faraón y en la de su familia.
Con cuidado comienza a preparar las aves asadas y el buey, seguidamente se pone manos a la obra con las verduras, picando con gran esmero los pequeños trozos de ajo. Por último toma la base para el pastel que otro de los cocineros le ha preparado y comienza a decorarlo con exquisito gusto con dátiles y pasas. Entra otro guardia en la cocina, va directo al soldado que día tras día los vigila. Horus se siente inquieto, el recién llegado lo mira con disimulo, intenta no ser pillado, pero lo mira a él, solo a él.
-Ghassam, el general Horemheb ordena que vallas enseguida a sus aposentos.
-Hacufa, quédate a vigilar. Es orden del mismísimo faraón que se vigile a aquellos que deben de preparar los alimentos.
-Yo ocupare tu lugar.
El soldado parte a toda prisa, por el pasillo se escucha los chasquidos de sus chanclas. El recién llegado mira de un lado a otro, cuidadosamente posa su mirada sobre Horus y tras unos segundos de incertidumbre abandona la sala. El corazón de Horus se siente aliviado, aquel soldado debe de ser uno de sus hermanos de culto y le ha ayudado para que pueda hacer su parte del plan. Rápidamente saca la caja que tan cuidadosamente había escondido durante todo el día, la abre con delicadeza y toma de su interior las semillas de la nuez vómica. Aquello acabaría con la vida del faraón.
Mezcla en un mortero de yeso las semillas con un poco de agua y miel, con delicadeza machaca la mezcla hasta que las semillas quedan lo suficientemente trituradas como para que no se puedan distinguir a simple vista. Corta la base del pastel cónico y vierte en su interior la mezcla mortal, por el exterior vierte el resto de la miel para que endulce y no se note el sabor agrio de la nuez.
Ahora todo está preparado, solo queda esperar a que los criados vengan a recoger la cena para servírsela al hijo de Ra, y antes de que la luna recorra su camino en los cielos todo habrá acabado para el faraón.
El soldado regresa acalorado por la carrera, se ha sorprendido al ver que su compañero Hacufa no está en la cocina. Con recelo mira a los sirvientes allí reunidos, pero no hace nada más. Horus se retira del pastel y se centra de nuevo en cortar algunas verduras mas, sabe que tiene que desviar las sospechas que el soldado pueda tener sobre el pastel.
Su corazón esta desbocado, acaba de sonar la llamada a la cena. Los sirvientes llegaran de un momento a otro y se llevaran para siempre el pastel que le traerá todos sus sueños de riqueza y poder. Uno a uno los siervos desfilan por la cocina recogiendo los alimento que durante horas han estado preparando los cocineros reales y desaparecen con la misma presura por la puerta por la que han llegado. Horus se sienta en una caja a la espera de que la noticia de la muerte del faraón llegue hasta sus oídos.
Los sirvientes recorren los amplios y decorados pasillos que conducen hasta los aposentos del faraón niño. Esta noche no se encontraba bien y ha decidido cenar a solas en sus aposentos personales. En la puerta de la habitación aguardan cuatro soldados, el general Horemheb y su consejero Jeperjeperura Ay.
Dos esclavas abanican al faraón en la cálida noche, mientras que tres bailarinas ejecutan sensuales movimientos para deleite y disfrute del pequeño dios en la tierra mientras que dos esclavos tocan la chirimía y la guitarra. Los sirvientes depositan los manjares y vuelven a marcharse dejando a solas al faraón y a su reducido grupo de acompañantes.
En la puerta el consejero camina de un lado a otro sin descanso, mientras los guardias y el general permanecen a la espera de cualquier cosa que este fuera de lo normal. El sonido de la música flota suavemente en el cálido ambiente, el sonido de los animales salvajes del exterior armoniza con las notas, todo es calma. La noche transcurre lenta pero inexorablemente.
Al canto del búho lo acompaña el sofocado grito de las esclavas que salen corriendo de la estancia privada del faraón. Las bailarinas corren asustadas, los esclavos salen huyendo con sus instrumentos temiendo ser presa de la cólera de los soldados. El general y el consejero del joven faraón Tutankhamon se precipitan a toda velocidad al interior de la habitación, en donde encuentran el cuerpo del joven soberano convulsionándose en el suelo.
-Rápido, llamad a los médicos.
-Arrestad a los músicos y a las esclavas, ellos son los culpables.
Gritan uno y otro mientras el cuerpo del joven no para de dar saltos sin control sobre el duro y frio suelo de la habitación.
Al cabo de unos minutos y antes de que los médicos logren llegar, el cuerpo del joven yace inmóvil y sin vida. El joven faraón ha sido asesinado.
Los esclavos que huyeron han sido ejecutados y los médicos indagan sobre las causas que pudieron provocar la muerte del hijo de Ra, mientras un soldado da la voz de alarma al encontrar en la cocina a otro soldado que acaba de asesinar a uno de los cocineros personales del fallecido faraón. El soldado es apresado y ajusticiado en el mismo momento por mano del propio general.
Todo ha terminado, las primeras horas del día dan comienzo. En una oscura casucha a las afuera de la ciudad dos enmascarados se reúnen, uno es Amón y el otro Ptah.
-Todo ha terminado como esperábamos, pronto recibirás tu recompensa amigo mío por ayudarme a conseguir el trono del faraón.
-Eso espero hermano.
-Cuídate, espero que los dioses te guíen.
Ptah sale de la casa y se marcha, atrás queda Amón sentado solo en la mesa de madera. Entre susurros se logra oír…
-De momento te sentaras tu Jeperjeperura, pero pronto, muy pronto, la espada de Anubis penderá sobre tu cabeza y yo gobernare el alto y bajo Egipto con la bendición de Ra y la protección de Satet.
El Sol desciende rápidamente en el horizonte, una sombra camina a gran velocidad por las calles de la ciudad. Esta es la noche, hoy por fin llegara todo a su fin. Su hermano de armas, aquel que lleva la máscara de Amón, lograra por fin su trono y él el oro prometido…
La confesión
La lluvia caía con fuerza sobre los desvencijados tejados de la aldea, produciendo un incesante repiqueteo. Los caminos estaban enfangados y los campesinos habían regresado a toda prisa a sus casas. En el cielo centelleaban los relámpago y los truenos unían sus gritos al constante concierto envolvente. En el resguardo de su casa, junto a un acogedor fuego, un anciano contemplaba ensimismado como las llamas lamian la madera mientras la iban consumiendo lentamente. A su alrededor revoloteaban varios niños y niñas, todos ellos hijos de sus hijos.
El rostro del anciano mostraba la angustia de los recuerdos que revivía mientras su mente viajaba libre entre las abrasadoras llamas, aunque los juegos de sus nietos a veces parecían amenazar con sacarlo de su ensoñación.
Sus dos hijos varones reían y bebían con el marido de su hija, jugaban a los dados algunos peniques que habían ahorrado en las últimas semanas. Las mujeres se reunían alrededor de una pequeña mesa sobre la que habían dispuesto las cosas para preparar la cena. Puerros, un par de zanahorias, algunas patatas y un buen trozo de carne de venado. El hijo mayor del anciano había salido recientemente de caza y había tenido bastante éxito, al menos no pasarían hambre durante algunas semanas.
Cenaron exquisitos manjares de la tierra, una tierra que trabajaban a diario con el sudor de su frente. Los sonidos de la tormenta y el crepitar del fuego se confundían con las risas que todos los comensales se dirigían unos a otros, con la excepción del anciano que miraba a todos en completo silencio y con profunda meditación. Cuando todos hubieron terminado, las mujeres comenzaron a recoger la mesa, los hombres se recostaron y se sirvieron enormes jarras de vino y los niños se reunieron alrededor del calor de la chimenea.
El viento silbaba por entre las ranuras de la madera, un enorme charco de agua se había formado a los pies de la puerta, el brillo de los relámpagos se abría paso por los huecos de las ventanas y el ensordecedor sonido de los truenos lo envolvía todo. Los niños comenzaron a agitarse y a mirara a sus padres, los cuales, ebrios por el alcohol, comenzaban a decir sin sentidos y a tocar sin pudor a sus esposas.
El anciano, con un gesto no apreciado por sus hijos ni por sus cónyuges, se retiro a la planta superior con los más pequeños, asustados como estaban por el temporal que se habían desatado fuera de aquellas paredes echas de adobe.
-Abuelo, ¿Qué sucede?- pregunto uno de los niños.
- Hace mucho, mucho tiempo, en estas tierras regia un señor. Un alma oscura, más que un hombre un demonio con aspecto humano. Ese señor, todo un Conde, durante generaciones mato, experimentó y miles de cosas más, a almas puras como las vuestras. Ese demonio, según me conto mi padre y a este su padre, dormía durante el día y por la noche salía imbuido en su manto de tiniebla. Tomaba el aspecto de un murciélago y volaba en busca de sus presas. Se decía que había conseguido aquellos poderes gracias a un pacto con el propio diablo, él le conseguía almas y el demonio le daba todo lo que necesitase para ello. Volaba en las tinieblas para acercarse a sus presas y alimentarse de la propia vida de sus víctimas. Aquello y solo aquello era lo único que le mantenía con vida. El demonio le había otorgado la vida inmortal, pero para poder mantenerla debía de alimentarse de ella…- el anciano pareció perderse en la memoria de sus recuerdos.
-Abuelo, sigue contándonos.- lo saco de su meditación la más pequeña de las niñas.
-¿Qué sucedió con aquel conde?- pregunto el mayor de los niños.
-Sí..., perdonad. Durante siglos vivió alimentándose de los mortales y experimentando con ellos. Creó muchos siervos, entre ellos su más ferviente seguidor era su mayordomo. Una criatura capaz de cambiar a forma de lobo. Muchos fueron los hombres que intentaron acabar con la vida de su señor, más incluso que estrellas hay en el firmamento. Pero en Conde, siempre era capaz de sobrevivir, bien por sus medios, bien por la voluntad de sus propios seguidores. Aquellos eran tiempos de oscuridad y terror para aquellos que no sabían servir con firmeza al señor de estas tierras. Una noche, los mismos aldeanos consiguieron apartar del castillo a los mayores seguidores del Conde, entre ellos a su amado mayordomo, y aprovechando toda esta confusión, un numeroso grupo de cazadores de brujas, farsantes la mayoría de ellos, lograron entrar en el castillo y llegar hasta el Conde. Durante horas discutieron sobre como poder acabar con él de una vez por todas, pero tanto discutir les hizo perder la ventaja de la situación, la noche cayó sobre estas tierras y el señor del condado despertó de su letargo diurno en el interior de su ataúd.
-Y los mato a todos. ¿No es así abuelo?
-No pequeño. Durante algunos minutos estudio la situación y escucho con cautela la conversación de todos aquellos que lo rodeaban, aguardando el momento de actuar e intervenir. Finalmente, uno de ellos saco de su toga una estaca de madera y se inclino sobre el Conde con la intención de clavársela en el corazón y de ese modo acabar con la vida de aquel demonio. Pero cuando estuvo suficientemente cerca, aquella alma oscura salto sobre su cuello y se alimento de la vida que se escavaba de aquel cuerpo. Después, con una velocidad propia de un ser oscuro, fue arrebatándole la vida uno a uno a todos aquellos que estaban allí y que, sin dar crédito a lo que veían, permanecían como petrificados. En un último y fugaz reflejo, el último de los cazadores logro asestar un certero golpe con su estaca en mitad del pecho del diablo. Este, con cara desencajada y los ojos llenos de desconcierto, se desplomo sobre las lapidas del suelo. El joven cazador aviso de lo ocurrido con gran presteza, pero a la llegada de los aldeanos al castillo este se hallaba envuelto en llamas. Junto a las puertas, casi sin vida, encontraron a uno de los cazadores que juraba haber sido él quien comenzase el fuego para impedir que la bestia fuese capaz de huir. Pero mientras el moribundo hombre balbuceaba a los aldeanos, el joven cazador temblaba lleno de pánico al comprender, viendo el rojo reflejo de los ojos del moribundo, que todo aquello no era más que una treta de su nuevo señor.- el anciano contemplo a los dormidos niños.
En el exterior la tormenta había cesado y podía oírse en la distancia los aullidos de los lobos a la luna llena. El anciano descendió a la planta de abajo, donde dormitaban los adultos, y tomando su capa salió sin hacer ruido. Mientras cerraba la puerta tras de sí, echó un último vistazo a su interior y susurro casi para dentro de sí mismo…
-Dormid mis queridos, dormid. El señor de estas tierras a regresado para reclamar sus dominios y una vez más la sangre de mi tatarabuelo, el único cazador superviviente de aquella noche, reclama acabar con este tormento que dura ya demasiados siglos. Esta noche espero que todo termine, de no ser así todos vosotros, vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos serán malditos y se verán obligados a convertirse en siervos de un nuevo señor, como en su tiempo se vio obligado el propio hermano de mi tatarabuelo, quien por las noches guarda el sepulcro de su señor con forma de lobo. Que vuestra sangre os guarde, pues los dioses hace siglos que nos abandonaron.
Cerró la puerta y sin más armas que una estaca se encamino a acabar con sus propios ancianos y con el renacido señor de las tierras el conde Drácula.
Me presento
Era viernes por la noche, como de costumbre me dirigía al local de mi buen amigo argentino. Un bar situado en el centro de la ciudad, bastante ambientado y uno de los pocos en los que aun no servían matarrata. Aparque mi nuevo descapotable en la calle colindante a la iluminada entrada del local, ante la atenta mirada de las chicas más próximas claro está, y me encamine hacia el local. En la puerta, como era habitual, se encontraba el gomina, así apodado por el uso abusivo que hacía de dicho producto. Tras los habituales saludos que nos repartíamos alegremente y demás muestras de amistad, entre por las cristalinas pero silenciosas puertas de cristal.
El interior bullía de vida, decenas de personas se aglomeraban en la pista o alrededor de la barra. El DJ pinchaba la música más reciente de los artistas del momento para que la gente convulsionase su cuerpo al ritmo de las notas y sudasen, ya que en realidad es ahí donde se encuentra el negocio de los bares. Abriéndome paso entre la muchedumbre, me acerque hasta la barra. Mi amigo el argentino estaba allí, todo un maestro en el arte de servir copas. Según creo recordar, había estudiado duramente para barman y además había trabajado con grandes artistas dentro de ese mundillo, gran parte del éxito de su bar estaba en que tanto él como su compañero hacían verdaderos shows a la hora de servir copas a los clientes. Aguarde hasta que sus ojos rondasen la esquina en la que me encontraba y de esta forma se diese cuenta de mi presencia, no tardo mucho en acercarse hasta mi para darme un fuerte abrazo.
-¿Qué tal socio? ¿Cómo se planea la noche?- me pregunto alegremente.
-Ya sabes que no planeo, solo dejo que las cosas sucedan como han de hacerlo.- y le guiñe un ojo pícaro.
-Que granuja estás hecho. ¿Qué deseas que te sirva?
-Lo de siempre.
-Marchando un rojo especial.
En cuanto tuve la copa en mis manos me aparte a un rincón de la sala, tome asiento en un taburete alto y comencé a ver lo que a mi alrededor sucedía. Aquel era uno de los momentos de la noche que aguardaba con mayor placer. Que simple es la gente en un momento de fiesta, simple y previsible.
Allí estaba el típico chaval que por tener dos copas de más en el pecho ya se creía todo un adonis, es que mueve las caderas, o por lo menos lo intenta, en una vulgar danza de apareamiento, también pude ver al sereno y al observador. Por supuesto no había que dejar de lado el comportamiento femenino, cosa que me importaba bastante más que la actitud masculina en general. Teníamos a la pija desmelenada por un lado, el grupo de universitarias de primer año que ya se creían muy mayores por el mero hecho de tener 18 años y de este modo poder entrar en los bares y consumir alcohol sin penalización todo ello acompañado del mas que decorativo cigarro que aun no saben ni como coger, pero que se lo meten para sus jóvenes pulmones porque creen que de este modo son más maduras. El grupito del fondo era el de una despedida de soltera, mujeres debocadas que por una noche pierden el decoro y se desmelenan hasta la saciedad, aunque lo normal es que no pasen de las bromas y el cachondeo y guarden respeto por sus parejas, definitivamente no son buena presa. Gran variedad de personas y de actitudes, pero a grandes rasgos se podían resumir en tres grupos: Los deseados, los que desean y los que se entretienen. Este último grupo es el más fascinante, pues sus componentes pasan de un grupo a otro en un abrir y cerrar de ojos.
De pronto me sentí observado, sabía que por allí habrían más como yo, observando la actitud del resto, pero lo extraño era que sentía que esa presencia se entretenía observándome a mí, a otro observador. Incorpore la cabeza y comencé a repasar con lentitud todos y cada uno de los grupos de personas que allí se congregaban aquella noche, hasta que por fin di con ella.
Una dulce jovencita de pelo negro a capas, de tez blanquecina y maquillaje un tanto tétrico. Sus ojos eran de un verde intenso y de una profundidad que parecía rasgarte el alma. Combinaba con gran sutileza los tonos malva, violeta y negro en sus variadas prendas, aunque lo que más me fascino fueron aquellas trabajadas medias de redecilla que se asemejaban al trenzado de una tela de araña.
Quise comprobar si realmente era a mí a quien miraba o en realidad era a alguien próximo y eran mis sentidos los que me fallaban, así que ladee un poco la cabeza y le sonreí. La verdad es que jamás olvidare aquella dulce sonrisa que me regalo, dudo que haya recibido o reciba alguna tan siquiera parecida a aquella placida muestra de simpatía. Si, realmente era a mí a quien miraba. Así que sin más preámbulos comenzaba el cortejo que de costumbre se establece en cualquier local de copas entre personas que no se conocen de nada pero que sienten curiosidad entre sí.
Comenzamos con las miradas y las sonrisas, la distancia no enfriaba cada uno de nuestros gestos. El siguiente paso fue acercarme hasta la barra y ver si ella se acercaba, y como esperaba se acerco y por unos instantes nuestros cuerpos se rozaron en un primer y deseado contacto.
-Perdona.- le dije al pasar a su lado. Ella se limito a sonreírme.
Volví a mi asiento y aguarde con entusiasmo a que ella regresase a su pequeño grupo de amigas. La verdad es que no me resultaba lógico el ver a una gótica en medio de un grupo de jóvenes, aunque la verdad es que sus componentes variaban bastantes las unas de las otras. Podríamos comentar que variaban desde una chica recatada hasta una gótica, pasando por una hippy o por una rapera.
Cuando regreso comenzamos con la segunda parte de lo que viene a ser mas miradas y sonrisas, pero algo nos interrumpió, algo que sabía que podía acabar mal o mejorar en lo que cabe mis ya de por si suficientes posibilidades.
Un joven, un tanto ebrio, se acababa de acercar a la chavala más pija. Mal asunto para mi, pues desde el principio esa chavala había demostrado ser lo que los estudiosos denominarían la hembra alfa, la mujer dominante del grupo.
Con estas mujeres suele pasar que o les caes bien o simplemente no te pueden ver. Si sucede lo primero, bien, estarás dentro del grupo de sus amigas e incluso te echara un cable para ligar con alguna de ellas. Pero si por el contrario sufres la desdicha de no caerle bien, todo intento de conocer a alguna de sus amigas o simplemente de acercarte será interceptado de inmediato por ella y repelido con el más que probable ataque de indirectas o con el temido y mas que seguro ceño fruncido.
El chaval parecía haberle caído en gracia, por lo que en pocos segundos el resto de sus amigos se encontraban en el interior del cerco de chicas convulsionándose sin ritmo alguno, intentando de parecer adonis y de demostrar que son los mejores chavales del lugar. Vamos lo que cualquier macho sin dos dedos de frente hace normalmente en una situación tal. Aunque para mis ojos el espectáculo era distinto, ante mi solo podía ver un pequeño grupo de chimpancés ebrios que se movían torpemente mientras intentaban impresionar a un grupo de hembras que miraban hacia otra parte.
Bien, me decía para adentro. Ya no pueden caer más bajo, cualquier otro que se acerque y al menos pueda darles una grata conversación se ganara el favor de la hembra alfa. Pero si cayeron aun más bajo, el muchacho que primero se había acercado al grupo, bien fuese por todo lo que ya había tragado o por los abusivos giros de cabeza que había dado en su fatal estado, abrió el grifo y desde su garganta descendió el trágico final que conduce a todo hombre al destierro del edén femenino.
Aunque bien visto me proporciono el mejor momento, ya que la hembra alfa tuvo que salir corriendo al servicio debido al gran lamparon multicolor que posaba sobre su pecho. Salte rápidamente del taburete en el que durante las dos horas anteriores había permanecido sentado y comencé a abrirme paso hasta donde ella se encontraba. A cada paso estaba más cerca, mucho más cerca, y justo cuando casi alcanzaba a tocarla una mancha multicolor se cruzo por delante de mi rostro y a su paso el grupo de chicas, que hasta aquel momento había estado allí, se esfumo.
Maldición, debía de comenzar de nuevo. Apenas me quedaba tiempo y debía de conquistar a otra damisela. Tome de nuevo asiento en mi preciada y habitual esquina y comencé a divisar a mi alrededor.
Al fin, justo en la esquina de la barra. La dama era rubia, de piel rosada y ojos azules. De complexión delgada y la verdad que bastante bella, pero se veía eclipsada por sus dos exuberantes y bastante desenvueltas compañeras. Cuatro jóvenes parloteaban sin sentido intentando dejarse en ridículo los unos a los otros intentando de quedar por encima del resto. Insulso, aún sus inmaduras mentes no son capaces de razonar que el insulto y la degradación de tus compañeros en un rápido intento de demostrar tu propio valor, solo demuestra la inmadurez del individuo, el rechazo que siente hacia sí mismo y la baja autoestima que sufre. Cosas que las mujeres saben descifrar con gran exactitud.
Mientras sus dos desinhibidas compañeras parloteaban con los cuatro jóvenes, ella se mantenía al margen sumergiendo sus pensamientos en la profundidad de su copa. Aquella era la presa perfecta para un depredador como yo. Mujer joven, eclipsada por sus dos amigas, sin ningún pretendiente a mano y con mil cosas que pensar en la cabeza. La verdad es que resultaba un trabajo bastante fácil.
Rápidamente me acerque hasta su lado, sin aun mediar palabra con ella indique a mi buen amigo que se acercase y aguarde a que cada pieza del puzle estuviese en su lugar.
Sabia su nombre gracias a un precioso colgante de plata que brillaba en su cuello y que rezaba el nombre de Helena, así que en cuanto mi amigo argentino estuvo lo suficientemente cerca le susurre el plan al oído mientras me serbia otra copa. Al cabo de unos minutos la luz se volvió tenue, mas intima. La música se volvió suave y la voz del DJ se escucho en toda la sala.
-Para Helena, para que deje de sumergir su mágica mirada en el fondo de su copa y la alce para ver los ojos de su admirador.
La chica se inquieto, no esperaba aquel gesto por parte de nadie de la sala, incluso sus amigas parecieron sentirse molestas al comprobar que alguien lograba dedicar una canción en aquel bar y no era a ellas si no a su amiga a la que se la dedicaban. Segundos después mi socio se acercaba hasta la muchacha con una copa de champagne y dos rosas. Este gesto la desconcertó aun más y para mal de remedios enfureció del todo a sus dos amigas, que incluso llegaron a intentar llevársela del lugar pero se lo impedí.
Allí estaba yo, delante de las dos enfurecidas jóvenes, interponiéndome entre la frágil dama a la que había decidido cortejar y las dos arpías de sus amigas.
-¿Tu quien eres?- me pregunto con desprecio una de ellas.
-Aquel que ha decidido darle el valor que merece a una flor que durante todo este tiempo ha sido rodeada por espinas y cuyo esplendor fue cubierto por los cardos que la oprimían.
-¿Cómo? Tu estas mal de la cabeza, aparta.
-Cuanta incultura.- dije desanimado al ver que mi reto verbal pasaba desapercibido para aquellas dos jóvenes.- Digo que yo soy quien ha dedicado la canción a vuestra amiga y quien estaría dispuesto a colmarla de rosas. Vosotras dos solo la eclipsáis, exhibís vuestros cuerpos como si de mercancía se tratase para obtener el beneplácito de jóvenes incultos y borrachos y de ese modo sentiros mejor con vosotras mismas, sin saber que lo que lográis con ello es hundiros aun mas en la miseria de vuestras vidas y de sentiros menospreciadas aun mas mientras le restáis valor a vuestra amiga por no venderse como vosotras. Pero por ello ella es más bella y valiosa que vosotras dos. Así que dejad que ella sea quien decida si prefiere marcharse con vosotras o pasar al menos cinco minutos con migo mientras tomamos una copa.
-Sera el tipo… Helena vámonos.
-Me quedo con él.
-¿Cómo?
-Ya oísteis, fuera.
No recuerdo muy bien de qué hablamos exactamente, pero la verdad es que me divertí bastante con aquella grata conversación. Mientras hablaba con ella, algo en mi interior crecía a límites insospechados.
La tome de la mano y salimos al exterior del local, subimos a mi coche y nos marchamos a mi casa. Allí desatamos nuestra pasión. Cientos de caricias, decenas de abrazos y miles de besos recorrían nuestros cuerpos. No sé muy bien como sucedió, pero la bestia de mi interior se desato y perdí el control como cada fin de semana. El demonio que palpitaba en mi interior me poseyó y sacio su sed con la sangre de aquella joven y delicada muchacha. Cuando recobre el conocimiento todo había terminado, de la chica no quedaba rastro.
Me sentía mal por lo sucedido, pero debía de calmar a esa bestia cada viernes o ella acabaría conmigo.
El viernes llego rápidamente y regrese como siempre al local de mi amigo argentino. Me situé como de costumbre en aquel apartado rincón observando el ambiente de siempre. Las mismas caras, los mismos chimpancés sin cerebro, las mismas desbocadas yeguas. Y entre todo aquel gentío la puerta se abrió, era mi dulce Helena. Me miro y sonrió, pero nuevamente volvió a salir del local.
Había entrado solo pasa ver si yo estaba allí, aunque en ella había algo que me resultaba muy familiar.
Escogí a otra víctima y como siempre me acerque a ella para conseguir lo que cada viernes buscaba, lo que no sospechaba es que en un local cercano una voz bastante familiar le susurraba al oído a un chico…
-Me presento, mi nombre es Helena.
jueves, 13 de agosto de 2015
Tempestad.
Se despertó en medio de una tormenta. No sabía que había sucedido. Se encontraba aturdida y empapada por la fuerte lluvia. Se puso en pie como pudo y empezó a caminar con dificultad. Miraba a su alrededor intentando buscar alguna manera de refugiarse. Seguía avanzando mientras los truenos retumbaban es su cabeza haciéndole sentir indefensa. No comprendía nada de aquello. No paraba de hacerse preguntas a ella misma. ¿Qué hacía allí? ¿Cómo había sucedido? ¿Por qué no recordaba nada? Su cuerpo temblaba a causa del frío, cada vez estaba más débil. Dio algunos pasos más, tambaleándose. No podía más. Acabó rindiéndose a aquella situación, dejando su cuerpo desplomarse al instante, sumergiéndose en un sueño eterno.
miércoles, 12 de agosto de 2015
La marmita de oro
Venid amigos y escuchad, la historia de un pequeño que os quiero contar. Hace mucho, mucho tiempo, en la lejana tierra de Velbosque. Un niño nació en una pequeña aldea, en el seno de una buena familia.
Desde pequeño mostró su buen corazón hacia todas las criaturas y personas que allí vivían, pero al ser una pequeña aldea no había niños de su edad. Por eso su madre cuando se desplazaba a la pequeña ciudad, de Río Grande, para comerciar con el fruto de sus tierras, lo llevaba con ella para que jugase con niños de su misma edad.
El día que nuestro pequeño amigo, Juan, cumplía sus 6 años, sus padres lo llevaron de nuevo a la ciudad para celebrarlo, junto con su pequeña hermana. En la ciudad había un festival de leyendas, gente disfrazada de dríades, hadas, gnomos y demás criaturas de ensueño recorrían las calles para disfrute de niños y mayores. Entre bailes, malabares y recitales de cuentos transcurrió el día en aquella hermosa ciudad. Al anochecer la gente comenzó a reunirse en la plaza central, el teatro de títeres, la atracción más esperada, comenzaba su actuación.
La actuación fue mágica, entre música, fuegos artificiales y una bella narración. La historia allí contada fue una antigua leyenda, la leyenda de la marmita de oro. Según cuenta la leyenda, al final de una tormenta aparece el sol, el cual al iluminar el cielo con sus dorados rayos, y nos muestra el maravilloso y fascinante arco iris. Mágica imagen que esconde un precioso tesoro en su base. Según se cuenta, al final del arco iris se encuentra una enorme marmita llena de monedas de oro, muchos son los que han intentado cogerla pero solo aquellos puros de corazón lo han logrado. El final de la leyenda cuenta que aquel que sea limpio de espíritu y consiga la marmita recibe la visita de un duende que le concede tres deseos.
El tiempo transcurría y llego el tiempo de la lluvia, noche y día el agua caía encharcando calles y casas. Una noche tras más de diez días sin parar de llover, escucho a sus padres hablar en el salón de la planta de abajo. Aun medio dormido y andando con cuidado, se asomo a las escaleras para escuchar mejor. Mientras en el salón sus padres hablaban de cómo al principio la lluvia había sido una bendición, pero ahora tras destruir la mitad de la cosecha no tenían apenas dinero, y que de seguir así tendrían que vender la granja.
El niño lloro por lo escuchado y lamentaba no ser mayor para poder ayudar a sus padres, así estuvo largo tiempo hasta que el cansancio le venció y se quedo dormido. Aquella noche la buena voluntad del niño rasgo la tela que separa la realidad del mundo de los sueños, y las estrellas clamaron al cielo por un poco de paz. Mientras nuestro pequeño amigo soñaba con la leyenda del festival.
Por la mañana, nuestro querido soñador, se despertó sobresaltado, el sol bañaba su rostro y por su ventana el arco iris lucia sus esplendidos colores. Se vistió y salió sin hacer ruido, pues sus padres aun dormían. Corrió hacia su meta, en su mente un solo pensamiento “ayudar a sus padres”. Atravesó el valle, cruzo ríos y subió los montes que lo separaban de su ansiado tesoro. Se sentía cansado, pero pensar en el bien que aria con la marmita le hacía seguir hacia delante.
No sabía cuánto llevaba corriendo, pero ansiaba llegar. En el cielo el arco iris comenzaba a desaparecer, pero antes de desanimarse continuo corriendo aun con más ganas. Cuando al final el cansancio lo arrulló en su regazo y comenzaba a pensar que no lo lograría, lo vio. Al fondo de un arroyuelo algo brillaba, un destello dorado que coloreaba el agua. “Ahora no puedo rendirme, un último esfuerzo y lo lograre”, pensó.
Y así con un último esfuerzo consiguió la marmita, tras sacarla un duende, vestido de verde, apareció sentado sobre una roca de la orilla.
- Buenas pequeño, largo tiempo llevo esperándote. Tu corazón noble me hizo despertar anoche, y desde entonces te espero. Aparte de la marmita sabes que tienes tres deseas, lo que desees.
- No deseo nada, solo quería conseguir esto para ayudar a mis padres.
- Lo sé, pero busca en tu interior y sabrás que pedir- dijo el duende.
Tras pensarlo durante un tiempo, a su mente acudieron los deseos más nobles que su corazón albergaba.
- Ya sé que pedir- dijo el niño con los ojos brillando de alegría- Deseo que todos los que sienten tristeza, encuentren el motivo para ser felices. Que mis vecinos y demás dañados por la lluvia, recuperen lo perdido…
- ¿Y no deseas nada para ti?- intervino el duende.
- No sé si debo, pero me gustaría tener un amigo- respondió el niño agachando la vista.
- En tres días tus deseos se harán realidad, ahora vuelve con tus padres que estarán preocupados.
Sus padres al verlo regresar se alegraron mucho pues su hijo perdido había vuelto y además traía la salvación para toda la aldea, la gente era feliz, muy feliz, y los cultivos en un día se habían recuperado. Los campos que por la mañana eran barro ahora lucían mares dorados de trigo, pero pasaban los días y su tercer deseo no llegaba. Cuando su fe comenzaba transformarse en decepción la puerta sonó, y tras la puerta el duende…
- Como te dije en tres días tus deseos se harían realidad, y aquí estoy yo para ser tu amigo para siempre.
Y así fue como nuestro pequeño hizo feliz a los demás y a él mismo para siempre, jamás nadie más fue triste en aquella aldea.
Así que soñad pequeños, pues todo aquello que deseáis, si lo deseáis de corazón, puede hacerse realidad.
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