viernes, 7 de agosto de 2015

No me preguntéis

No me preguntéis como comenzó todo, solo sé que la primera vez que sentí este ardor en mis tripas estaba escuchando entre penumbras, en un ambiente caldeado de humo, alcohol y no sé cuantas más sustancias, las chirriantes y absurdas palabras que mi mujer me gritaba tantas y tantas veces. Mientras mi desafortunada esposa gritaba aquella retahíla grabada en su subconsciente, la vi sentaba en un escondido rincón. Estaba absorta en el fondo de su copa, que removía por reflejo con una cañita. El humo de un cigarrillo medio apagado ascendía distorsionando la calidez de su rostro, la belleza y tersura de su piel, la ausencia de su mirada y aquella inexpresiva sonrisa que mantenía fija en su rostro.
Sin decir más palabra, golpeé la mesa con rotundidad para hacer callar al pájaro con vestido que me acompañaba y que por desgracia era mi esposa, las copas se derramaron y una de ellas cayó al suelo haciéndose añicos. Mi esposa se agachó para recogerlo mientras seguía discutiendo y recriminándome. Lo siguiente que recuerdo fue la sangre de su mano recorriéndole todo el brazo.
Un reflejo, un susurro, una intuición… mire a aquella joven que se refugiaba de ella misma en la soledad y frialdad de un apartado rincón mientras ahogaba su tiempo en el alcohol de su copa, y supe que debía hacerlo. Si, aquello era lo único que podía hacer por ella y debía hacerlo sin miramientos.
Tome con fuerza a mi esposa por la muñeca y la arrastre hasta el coche. La carretera volaba bajo las ruedas del cuatro por cuatro, mientras yo mantenía el acelerador pisado a fondo y mi corazón palpitaba amenazando con salirse de mi pecho. La sangre me golpeaba las sienes, y en la retina de mis ojos la imagen, de aquella dulce e inocente niña, se mantenía fija.
Ni le dirigí la palabra a mi esposa cuando, sin apagar el motor, la deje en la acera frente a nuestra casa. Seguía hablando con aquella irritante voz, por lo que sin dar tiempo a nada más arranque y la puerta se cerró sola mientras ella se quedaba en la distancia incrédula, con el resquemor de la incertidumbre y con la palabra en la boca.
Con mayor urgencia regrese al mismo local y, como si esperándome estuviese, allí continuaba ella, en la misma esquina, con la misma copa y con un cigarrillo nuevo entre los labios. Me acerque y charlamos mientras tomábamos una y otra copa. Cuando por fin salimos del local, el aroma de su perfume me embriagaba y me hacia congraciarme con la idea que palpitaba en mi mente.
Con el pretexto de acercarla hasta su casa, conseguí que se montase sin forcejear y una vez dentro, arranqué y conduje sin descanso, pese a sus gritos y quejas, pese a sus súplicas y ruegos, ni sus lágrimas interrumpieron mi concentración mientras conducía camino de la casa de campo que habíamos comprado mi esposa y yo hacía ya algunos años.
Allí la desnudé y la amé en silencio, le hice gritar sus pecados mientras purificaba su alma con mis golpes, por sus heridas supuraba la maldad del mismo demonio, hasta que finalmente estuvo limpia. Entonces tome su cuerpo moribundo entre mis manos y comencé a apretar con todas mis fuerzas aquel delgado y flácido cuello ahora casi sin vida, mientras con sus ojos me rogaba, mejor dicho me suplicaba, que terminase con su mísera existencia. Por más que me hubiese gritado el perdón, rogado que la dejase marchar, en aquellos ojos, en sus últimos momentos, sé que me daba las gracias por liberarla de sus demonios y de una vida miserable y apagada. En su último aliento pude oír, estoy seguro, el agradecimiento de los ángeles por enviarles el alma pura de aquella joven.
Tomé el cuerpo sin vida y desnudo de la chica y lo cargué en la parte trasera de mi coche. No sé cuantas horas conduje hasta que finalmente halle el lugar idóneo para dejar la muestra de mi obra celestial. Junto a un cruce de caminos, en una preciosa granja de trigo. Arranqué de su pedestal aquella infame figura de paja y con la gracia divina coloque el cuerpo.
Cuando terminé el trabajo regresé a casa. MI esposa me esperaba en vela, estaba nerviosa e intranquila, y un miedo atroz le recorría toda la columna. La mire y en ella hallé el consuelo de mi ardor, la deseaba. Hacía demasiado tiempo que no la necesitaba tanto, demasiado incluso para recordarlo, pero ella estaba allí y un fuego en mi interior me inspiraba a poseerla. Deseaba hacerle el amor allí mismo, besar su cuerpo desnudo, recorrer con mis yemas cada rincón escondido en su piel.
El altísimo es quien me manda a hacer esto y en mi esposa hallo el consuelo divino de mi obra, es por eso por lo que lo hago y es por eso por lo que lo seguiré haciendo. Ahora, insensatos, es vuestro turno, ahora es el momento de pedir perdón, yo soy el verdugo de dios y he de purificaros a todos.

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