miércoles, 15 de noviembre de 2017

Introducción: La maldición de Caín: Caos.




                                                (Portada provisional. © Victoria Francés).


El día no había empezado como otro cualquiera. Esperaba que fuera una de esos días aburridos, corriendo de una clase a otra, pero me equivocaba.

Allí estaba yo, sentada en un sillón en los aposentos de mis padres con el cuerpo de mi padre yacente en la cama. Lo miraba esperando algún movimiento, alguna respuesta, pero no iba a llegar. Aún no había sido capaz de llorar, no podía creer que mi padre, el rey Allard, el siempre inquieto y sabio Allard, pereciera allí inerte. Por el contrario, mi madre, permanecía sentada a su lado, reclinada en su pecho, secando sus lágrimas con el pañuelo de seda que él le regaló unos días antes. 

El doctor dictaminó que mi padre había fallecido por causas naturales. Me encanta la naturaleza, pero a veces es demasiado injusta. 

El doctor Brayton me miró desde el otro lado de la cama y señaló a mi madre con la cabeza. Me levanté y me senté junto a ella apoyando mi barbilla sobre su hombro. En esa posición pude ver perfectamente el rostro de mi padre, pálido. Fue entonces cuando despejé la mente, solo le miraba impactada y me uní al llanto de mi madre. 

Todos los allí presentes mantenían la cabeza gacha. Mi padre era muy distinto a los demás reyes, trataba a sus criados y demás sirvientes con respeto. Ver como el dolor no se hacía hueco solo entre la familia me hizo saber mejor que nunca que mi padre era un hombre inigualable. 

- Señora, tenemos que llevarnos el cuerpo del rey.

Mi madre miró a Brayton y se incorporó. Acarició la cara de mi padre y después le asintió al doctor para que empezaran a trabajar. Me cogió la cara con las dos manos y me miró a los ojos.

- Podremos con esto, hija. Vayámonos y dejemos trabajar. 

Se levantó y yo la imité. Me puse de pie y salí detrás de ella sin dejar de mirar a mi padre hasta que crucé la puerta. 

- Vayamos al jardín. Necesitamos un poco de aire.

- De acuerdo, madre. – Asentí aún con lágrimas en los ojos y la seguí sin decir nada más.

Solo el silencio y algún gimoteo nos acompañó hasta el jardín trasero. 

Todo esto me parecía una pesadilla, y ojalá fuese así, porque este sería el momento perfecto para despertarse.

Los guardias que custodiaban el portón, ya al tanto de la noticia, nos hicieron una reverencia con la cabeza.

Salimos sin más, en silencio, como hasta ahora. 

El jardín era mi lugar favorito de palacio, al igual que el de mi padre. 

Todas las flores que lo componían y lo llenaban de color, los árboles, los caminos y los bancos de piedra y la gran fuente central que mi abuelo mandó construir cuando gobernaba, el cantar de los pájaros, todo, lo hacía un lugar mágico. 

Nos sentamos en uno de los bancos frente a la fuente. Mi madre, con la mirada perdida en el agua, después de un buen rato allí sentadas y con un hilo de voz, por fin rompió el silencio que tanta compañía nos estaba haciendo:

- Hija.

- Sí, madre.

- ¿Te das cuenta de la importancia y la dificultad que conlleva la muerte de tu padre?

- ¿A qué se refiere exactamente, madre?

Mi madre exhaló y guardó silencio por unos instantes.

- Yo no puedo gobernar. Tú eres la heredera al trono.

- Pero madre, yo no puedo gobernar si no me…

Fue cuando me di cuenta de la situación. Me levanté de un salto y me puse frente a ella. De repente me hallaba llorando de nuevo y no pude evitar empezar a gritar. 

- ¡No puedes pedirme eso! ¡No puedes! Yo no puedo…

- ¡Basta! 

Esta vez fue mi madre la que se levantó gritando. 

- ¡Eres mi hija y has de obedecerme!

- ¡Pero madre! Yo…

Los guardias se apresuraron hasta nosotras al oír los gritos. Mi madre se volvió hacia ellos y les hizo un gesto con la mano para que pararan.

- No es necesaria vuestra intervención, estoy hablando con mi hija. – Zanjó mi madre con una voz cortante que nunca antes le había oído.

Volvió a girarse hacia mí y me miró con los ojos vidriosos. 

- Créeme que me gustaría decirte que no es necesario, pero no puedo.

- Pero…

- Ya está decidido, es la única opción. La semana que viene vendrá el heredero al trono de Northeras, el príncipe Christopher Edmund, y se ultimaran los detalles. 

- Madre, no por favor…

- ¡Te casarás con él! – Zanjó mi madre dándose media vuelta y encaminándose de vuelta a palacio.

Suspiré, me volví a sentar y permanecí allí sola, llorando y maldiciendo a todos los Dioses por lo que me deparaba de ahora en adelante.

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