Capítulo 2: Foz.
Al día siguiente
me despertó mi abuela. Me levanté de la cama y fui hasta la cocina donde me
tenía preparado el desayuno. Mi abuelo había salido a caminar como hacía cada
mañana. Desayunamos juntas sentadas en el viejo sofá del salón.
- Oye, Lucy. – La
voz de mi abuela sonaba dulce y tranquila. Dejé la cuchara en el cuenco de
cereales y terminé de masticar.
- Ajá. –Me limité
a decir.
- Verás, como
sabes, dentro de dos días es navidad y haremos aquí la cena. Hace años que no
decoramos la casa puesto que siempre íbamos a Madrid en estas fechas.
Desde que mi
padre se fue a vivir con mi madre a Madrid siempre hacíamos allí la cena de
navidad y año nuevo. Hacía años que no las hacían aquí, por lo que entendía la
emoción de mi abuela de volver a tener la casa llena de luz y, sobre todo, de
su familia.
- ¿Quieres que
te ayude a decorar la casa? – Mi abuela asintió.
- Me gustaría
poner el árbol y algunas luces, pero yo sola no puedo.
- Está bien.
Mi abuela se
levantó y fue hasta un cuarto que usaban para guardar herramientas, cajas y
cosas que apenas utilizaban y que, claramente, no entendía por qué las seguían
guardando. ‘Cosas de abuelos, supongo’ me dije a mi misma. Yo mientras tanto seguí
con mi desayuno. Me llevé a la boca la última cucharada cuando ella apareció
con una caja y dos bolsas. Me levanté a ayudarla. Cogí la caja y la apoyé en el
suelo para sacar el árbol de dentro. Las otras dos bolsas contenían los adornos
y las luces. Sacamos todo, dejando el salón embarullado y nos pusimos manos a
la obra. Entre las dos montamos el árbol y lo adornamos sin decir más que lo
bien que quedaba ``esto´´ o donde pondríamos ``aquello´´. Lo colocamos en una
esquina del salón, justo al lado de la enorme chimenea, que ahora se hallaba
apagada. Mi abuela lo miraba con un brillo especial en los ojos, como si
añorase los años anteriores, antes de empezar a viajar a Madrid.
- Ha quedado
bastante bien. ¿No crees, abuela?
- Así es. - Ella sonreía emocionada. -Hará falta una
escalera para poner las luces de la balda que está arriba de la chimenea.
- Iré a por
ella.
Fui hasta el
mismo cuarto donde ella había entrado rato antes y saqué la escalera. La
acerqué hasta la chimenea, la cual mi abuela adornaba con unas luces por
encima, así que esperé hasta que ella terminó y la abrí para subirme y llegar a
la balda que mi abuelo tenía llena de libros. Me subí hasta casi el último
escalón y mi abuela me pasó las luces y las coloqué por el filo, sin tocar los libros o mi abuelo me mataría. Acababa de terminar cuando alguien entró en casa.
- Pero, ¿qué
hacéis? – Mi padre me miraba desde la puerta, dejando que esta se cerrara
detrás de él.
- Pues creo que
es bastante obvio, papá. – Bromeé bajando de la escalera.
- Que graciosa
eres, chica.
- ¿Dónde has
ido? – Fui hasta donde se encontraba él y le abracé.
- He salido a
buscar trabajo.
- ¿Cómo ha ido?
- Bastante bien,
creo. En una empresa me han dicho que me llamarán esta tarde para hacer una
entrevista.
- Eso está
bastante bien.
Mi padre echó un
vistazo al salón.
- Será mejor que
recojáis todo esto antes de que llegue el abuelo.
Recogí todo el
salón mientras mi abuela preparaba el almuerzo para los cuatro. Una vez estaba
todo en orden subí a mi cuarto. No estaba acostumbrada a subir y bajar
escaleras cada vez que tenía que ir hasta el, lo cual me daba bastante pereza.
Cogí ropa limpia y fui a darme una ducha. Me puse unos vaqueros negros, una
camiseta y una sudadera de mi grupo favorito, ‘Nirvana’, y, por supuesto, mis
bambas. Sequé mi pelo con el secador, no tardé mucho puesto que lo tenía por
los hombros, y peiné mi flequillo hacia el lado derecho, como de costumbre.
Hice tiempo en mi cuarto hasta la hora del almuerzo. Mi padre me llamó desde el
salón. Cuando bajé ya estaba la mesa puesta y la comida servida. Mi abuelo,
sentado en una silla, leía el periódico.
- Menos mal que
te dejas ver. – Gruñó.
- No te había
oído entrar. – Le di un beso y me senté en el sofá, junto a mi padre. Enfrente,
en otra silla, estaba mi abuela.
Comenzamos a
comer con el televisor apagado. Yo comía mirando fijamente mi comida y lo único
que se podía oír era el tintineo de las cucharas pegando en el plato, hasta que
mi abuelo rompió el silencio.
- ¿Quieres ir
esta tarde a ver el pueblo? Con el tiempo que hace que no vienes seguro que no
recuerdas nada.
Dudé por un
instante pero al final asentí sin decir nada. ¿Quería ir a un sitio donde no
conocía a nadie y donde me mirarían como a un bicho raro como hacían todos? No,
por supuesto que no. Sin embargo, creo que me vendrá bien saber donde está cada
lugar y no quiero rechazar la oferta de mi abuelo, puesto que hasta ahora no
hemos pasado mucho tiempo juntos. Así que terminé de comer y ayudé a mi abuela
a fregar. Mi abuelo me esperaba ya en la puerta, pues esperar no era lo suyo. Cogí mi mochila y nos fuimos. Mi abuela y mi padre se quedaron en
casa. Caminamos durante un rato que se me hizo eterno. Mi abuelo me llevó a
varias tiendas, al parque donde solía ir a caminar y a algún que otro sitio.
Pasamos por una librería y le pedí a mi abuelo entrar. Él aceptó sin reprochar,
pues compartía afición con él, así que aprovecharía también para mirar algunos
libros. Nos adentramos en aquella librería, pequeña pero acogedora, con
estantes de madera y un mostrador situado justo frente a la puerta. Al entrar,
un señor mayor salió a aquel mostrador.
- Hombre, Alfonso.
¡Cuánto tiempo sin verte por aquí!
El dependiente
salió a darle la mano.
- Un gusto estar
de nuevo por aquí. Mi nieta quería mirar libros. –Me señaló con la cabeza.- Y
ya aprovecharé para comprar alguno yo. –Esbozó una sonrisa a penas notable con
su espesa barba blanca.
- ¿Y qué estás
buscando? – El hombre, al parecer amigo de mi abuelo, dirigió la mirada hacia
mí.
- Ningún título
en particular. Algo de ciencia ficción o terror. – Las palabras me salían a
trompicones ya que no me era nada fácil hablar con desconocidos.
- No te
preocupes, le pediré a mi nieto que busque algo. Yo de esas cosas no entiendo
mucho, entiendo más de novela clásica. – Soltó una pequeña carcajada y se
volvió a mirar el mismo lugar del que había salido él. - ¡Álvaro!
‘Álvaro’ ‘Álvaro’
‘Álvaro’… Su nombre se repitió en mi cabeza una y otra vez como si fuese el eco
de aquel señor. Si me ponía nerviosa hablar con él, ni si quiera podría hablar
con su nieto. Por un instante estuve a punto de salir corriendo, pero las
piernas no me respondían. Entonces salió Álvaro y yo me quedé petrificada,
mirándole, sin saber que decir.
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