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martes, 20 de marzo de 2018

Reseña: El reflejo de Alessia.



Título: El reflejo de Alessia.
Autor: Leticia Meroño.
ASIN: B01ILZX5D4.
Formato: Ebook.
Nº de Páginas: 155.


Sinopsis:

Alessia es una joven que pertenece a una familia de poderosas brujas. La magia blanca siempre fue el camino que ella conoció, pero el día de su dieciséis cumpleaños se verá sola, recibirá su poder, un poder tan grande como lo sea su corazón.
El mal siempre anda acechando al bien y su mayor temor es no saber reconocerlo.
En su camino se encontrará con Alexander, un niño que lleva esperando a su madre un siglo...
¿Y si todo no termina después de la muerte?


Valoración (Del 0 al 10)

  • Argumento: 9.4.
  • Desarrollo: 9.6.
  • Final: 9.2.
  • Personajes: 9.5.
  • Ambientación: 9.3.
  • Ilustraciones: 9.1.
  • Adictivo: 9.5.
  • Sensaciones: 9.6.

Nota Media: 9.4.

Observaciones:

Una obra llena de fantasía y suspense que engancha desde la primera página. Este libro hará que te encariñes con sus personajes y que sientas todas y cada una de sus emociones. Una historia oscura, increíble y con un final que te sorprenderá y que cierra este libro de la mejor forma posible. Recomendado para los lectores de fantasía, ciencia ficción, thriller y suspense.


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jueves, 4 de mayo de 2017

Notas de dolor por Mi Pluma LMC





Estaba tan triste como la canción que a sus oídos llegaba. Una armonía decadente de sentir amargo, y en sus letras, el dolor de la vida. 
Amor, desamor, enfrentamientos y engaños. De cada palabra hacía su tortura y de cada nota su zozobra. Y sin descanso, la melodía se repetía ensordeciendo sus sentidos.
Aturdido el raciocinio, no tardó en llegar el desequilibrio; resonancia marcada en el latido, hechos consumados que ahogan el sonido del arpa. 
Y mientras, al otro lado, unas manos acarician las cuerdas llorando la muerte del ser amado.


Mi Pluma LMC

jueves, 10 de noviembre de 2016

Relato: Mi lucha (Capítulo V)

En ese instante sentí a Catania, podía verla saltar por los tejados. Solté la mano de Gabriel y volé en su dirección. Él me siguió.
Recorrí toda la ciudad. Había perdido la sensación de su presencia y corría de un lado a otro, sin rumbo. Finalmente, Gabriel se avalanzó sobre mí y me pidió que parara. Yo estaba fuera de mí, necesitaba zanjar el asunto de una vez por todas, acabar con el sufrimiento que me producía.
Gabriel me abrazó y, poco a poco, fui tranquilizándome. Su presencia me inspiraba ternura, sus brazos me daban seguridad. Me relajé y fui yo quien lo rodeó a él, con fuerza, sintiendo el latir de sus venas y quise unirme a él, saborearle, pero él me frenó.
—No, aún no. Antes tenemos que solucionar todo el caos que yace en tu interior. Después, seré tuyo.
Sus palabras me dieron el aliento que necesitaba. No estaba solo. Había encontrado a alguien que desde el principio se hizo eco de mi dolor, que sin dudar me tendió su mano, que incluso sabiendo mi amor hacia Catania me brindaba su ser. Deseé haberle conocido antes, o quizá en otras circunstancias en las que yo pudiese responder a todo lo que él me daba. Cuando terminase todo, le compensaría.

Aprendí que podía localizar a Catania, algo dentro de nosotros estaba unido. Debía tranquilizarme para poder ver. El problema era que ella también podía percibirme a mí y siempre estaba alerta por si me acercaba.
Gabriel trazó un plan. Yo localizaría a Catania y él se aproximaría, tendríamos que matarla juntos. Era algo que quería que fuera mío, pero sin su ayuda no sería posible. Acepté su idea.

Preparé una estaca de madera, bien afilada, atravesaría su corazón sin contemplaciones. Recrear en mi cabeza la escena me producía placer, imaginaba como mi dolor iba desapareciendo mientras se consumía su vida. Acabar con su existencia era eliminar mi sufrimiento.
Gabriel sólo tenía que dar con su paradero y sujetarla, yo estaría cerca para entrar en acción en cuanto ella estuviese inmovilizada. Posiblemente necesitaríamos días para conseguirlo, pues Catania era un vampiro con mucha fuerza y sabiduría.

Subimos a una azotea, nos gustaba relajarnos en la altura donde nadie podía vernos. Enseguida percibí a Catania, no estaba lejos. Gabriel bajó rápidamente a la calle y embelesó a un joven, al cual utilizaríamos para poder comunicarnos, y lo llevó con él. Le fui guiando hasta que dio con ella.

“Uriel, la tengo, corre”, susurró en mi mente. Mi corazón se aceleró, el momento había llegado. “Mi dulce Catania, es tu final”, pensé, y volé hacia ellos.


Mi Pluma LMC

jueves, 27 de octubre de 2016

Relato: Mi lucha (capítulo III)

Con el paso de los días fui aprendiendo a manejar mi poder. Mi velocidad, mi fuerza, mi conexión con cada persona…
Podía escuchar dentro de mi cabeza los pensamientos de la gente. Al principio sólo era ruido, pero cuando comencé a entender su funcionamiento lograba centrarme en la persona que me interesaba, o escuchar conversaciones de gente que estaba al otro lado de la ciudad. Buscaba mentes tranquilas para hacer míos sus pensamientos y, así, poder olvidarme un poco del odio que crecía en mi interior. Una infinidad de emociones encontraba en otros lugares, era duro vivir el sufrimiento de otros. Había tantas almas destruidas a mi alrededor que era difícil hallar un sitio donde descansar. A veces me quedaba absorto en aquellos que intentaban reconstruirse, apreciar el intento por seguir adelante, sus ideas más íntimas eran mías. Se mezclaba la decadencia con la fuerza de sobrevivir. Aun así, yo no reparé lo que se había destrozado en mi interior. Quería venganza, así ella no podría volver a jugar con nadie más.
Y así fue como encontré a Gabriel, mientras ahondaba en una de sus víctimas.
—Puedo sentirte —me dijo.
Me asusté, al principio creí que el hombre al que había poseído podía hablarme. Rápidamente comprendí que no era él.
—Vaya, dos seres de la noche vagando en la misma mente —le dije.
—Yo no estoy en su cabeza, estoy junto a él, bebiendo. Y he de decir que se hace mucho más delicioso contigo ahí.
—Me alegra que pueda producirte placer.
—Si tú te concentras también te lo producirá a ti.
Y era cierto, nos mantuvimos en silencio mientras el absorbía la vida de su presa, los tres estábamos conectados. Podía sentir como aquel vampiro saciaba su hambre, el deseo que en él crecía al sentirme a mí junto a él y aquella mente más frágil envuelta en algo que no comprendía, perdiendo fuerzas, sumiéndose en un sueño eterno.
Cuando su víctima se apagó perdí la conexión con Gabriel.
Durante noches iba buscando en el interior de cada ser que mis sentidos hallaba, con la esperanza de volver a unirme a aquel vampiro. Tardamos muchas noches en encontrarnos, finalmente él me encontró a mí.

—Me alegro de dar por fin contigo —me dijo su voz mientras yo me alimentaba de una joven. 
—Te he buscado durante todo este tiempo.
—Y yo a ti.
—¿Sólo podemos comunicarnos a través de sus mentes?
—Sí, a no ser que estemos lo suficientemente cerca entonces podríamos sentirnos, aunque no podríamos hablar como ahora —me explicó.
—Me llamo Uriel. ¿Dónde estás?
—Yo soy Gabriel y estoy detrás de ti.

Mi Pluma LMC

jueves, 20 de octubre de 2016

Relato: Mi lucha (capítulo II)


Descubrí que los sentimientos de un vampiro son mucho más acusados. Se me instaló un dolor en el pecho que me ahogaba. El hambre no tardó en llegar y tuve que dejar a un lado mis pensamientos hacia Catania, el ser que más había amado y del que ahora solo deseaba la muerte.
Había visto muchas veces alimentarse a Catania, pensaba que con mi instinto y lo que sabía sería suficiente, y sin pensarlo demasiado me lancé a la caza.
Elegí a una muchacha delgada, aún no estaba seguro de la fuerza que poseía. Me acerqué a ella e intenté entablar una conversación, así lo hacía ella, los embelesaba con sus palabras y después se alimentaba de ellos. En su cara vi terror cuando me aproximé a saludarla, la muchacha echó a correr y yo desconcertado fui tras ella, la tiré al suelo y la mordí el cuello. No me dio tiempo a beber más que un sorbo, la había matado en el acto. Había leído que los vampiros no pueden alimentarse de la sangre de un humano ya fallecido, era cierto, en cuanto su corazón se apagó el sabor de su sangre me produjo una arcada que me hizo vomitar.
Intenté averiguar que había sucedido. Seguía cometiendo los mismos errores e iba matando gente sin conseguir beber ni una gota. Me paré a analizar cada paso que daba; tenía claro que el problema era que yo les daba miedo y ahí todo se truncaba, sus ganas de huir y mis ansias de comer.
Analicé la mente de mi siguiente víctima y me vi a través de sus ojos. Mi pelo largo negro y mi sombrero le causó una sensación agradable, la belleza de mi rostro hizo que se sonrojara. En un instante todo cambió, su cara se desencajaba ante el cambio del color de mis ojos, la aparición de mis colmillos y la maldad de mi rostro; en él, las venas se marcaban convirtiendo mi belleza en algo monstruoso. Recordé como Catania controlaba aquel cambio. Cuando estábamos juntos muchas veces su ansia por mí le hacia perder el control. El color de sus ojos se volvía entre amarillo y rojo, como si el fuego los prendiese, aparecían sus colmillos y en su rostro se adivinaba un cambio que ella siempre lograba revertir antes de que se produjese por completo. Para mí seguía siendo igual de bella.
Tenía que aprender a controlar ese cambio u ocultarlo. Víctima tras víctima todo fue mejorando; cuando notaba mis colmillos salir, me giraba y las cogía desde atrás, abrazándolas tiernamente para terminar saboreando su cuello suavemente. Y así, tras noches sin comer, conseguí aprender a cazar.
Con las fuerzas recuperadas, el sufrimiento por todo lo que estaba viviendo volvió a clavarse en mi corazón. Estaba solo. Catania me había condenado. Un único pensamiento bullía dentro de mí, la encontraría y acabaría con su vida.

Continuará…


Mi Pluma LMC

jueves, 13 de octubre de 2016

Relato: Mi lucha (capítulo I)

Vago cada noche, de rincón en rincón, buscándola.
He sido condenado por ella, embaucado, engañado. Dicen que los vampiros no pueden sentir, os aseguro que eso no es cierto. Me hizo sentir alguien especial cuando aún era humano, deseé tener su beso soñando con una eternidad juntos, se lo entregué todo.
En nuestra unión sentí una conexión fuera de lo común, y cuando bebí su sangre mis sentidos se agudizaron, los sentimientos crecieron haciéndome experimentar una felicidad infinita. Nada podría con nosotros. Ella y yo para siempre.
Nos miramos durante minutos a los ojos. En sus ojos, color fuego, pude ver la variación que comenzaban a sufrir los míos. No estoy seguro, pero creo que por su mejilla caía una lágrima. Percibí un dolor inmenso en las encías y tuve que dejar de mirarla, me tiré al suelo presa de una tortura indescriptible. Mi dentadura cambiaba. El daño se transportó a mis dedos, mis uñas crecían. Nunca había sentido un dolor tan agudo, o eso creía, el que vendría después fue el que destrozó mi existencia para siempre.
Cuando la transformación se hubo completado me puse en pie, tomé consciencia de mi nuevo ser. La busqué para abrazarla, miré a uno y otro lado, ella no estaba. Sentí algo punzante en mi corazón. Agudicé todos mis sentidos y presentí que se encontraba en el tejado. Corrí hacia ella, trepé los muros, pero cuando llegué no hallé nada.
En el silencio de la noche, bajo su oscuridad alumbrada por el resplandor de la luna grité su nombre:
—¡Catania!
No tardé en derrumbarme al no recibir su respuesta. Comenzaba una nueva vida, solo.


Continuará…


Mi Pluma LMC

jueves, 6 de octubre de 2016

Relato: La medicina

La noche caía en el pueblo. Desde la ventana de su cuarto Ángel observaba la soledad de la avenida. Bajo la luz de una farola vio a una mujer que corría sin dejar de mirar atrás, torció en la esquina y la perdió de vista. Siguió mirando durante un buen rato pero nadie más apareció. De pronto, creyó escuchar algo tras el callejón, observó fijamente pero se movió tan rápido que no alcanzó a adivinar qué era. Se tumbó en la cama con las luces apagadas contemplando el techo. Pasaron las horas. Antes del amanecer su madre le trajo el vaso con su medicina, la bebió de un trago y se relajó. Cuando la tomaba se sentía mucho mejor. Lo arropó, le dio un beso, bajó la persiana y cerró su puerta con llave. Ángel consiguió conciliar el sueño rápidamente.
Sobre las ocho de la tarde su madre fue a despertarlo. Ángel se acurrucó entre sus brazos y ella lo abrazó con ternura, le puso la mano en la frente y le dijo que aún estaba enfermo. No hacía falta que ella lo dijera, él se despertaba cada tarde sin fuerzas, se sentía tan débil que hasta un pequeño destello de luz le cegaba. Su habitación siempre estaba con la luz apagada y la única claridad que entraba era la de las farolas de la calle. También tenía una lámpara pequeña que encendía cuando la noche era muy oscura. Llevaba semanas viviendo así y parecía que ya se había adaptado, pues veía perfectamente aunque hubiese poca luz.
Su madre jugó un rato con él y, como cada noche, sobre las doce se fue a trabajar. Lo dejaba encerrado en la habitación, pues tenía miedo de que con la debilidad de su enfermedad se cayera por las escaleras. Al principio a Ángel no le gustaba, pero pronto se acostumbró a vivir en su cuarto. Hubo muchos más cambios a raíz de todo. Lo primero que su madre cambió fue su nombre, le dijo que era merecedor de un nombre mejor, algo divino, y comenzó a llamarle Ángel. También cambiaron los horarios, su madre ahora trabajaba de noche y dormía durante el día, así que él también comenzó a dormir de día. Sobre las ocho se despertaban y estaban juntos hasta que ella se iba a trabajar a las doce. Mientras, Ángel se entretenía mirando por la ventana. Observaba a la gente, aunque a partir de cierta hora todo se quedaba desierto y solo pasaba de vez en cuando algún coche, entonces aprovechaba para tumbarse en la cama y pensar. Jugaba poco, siempre se sentía demasiado cansado y solo le apetecía estar junto a la ventana quieto o tumbarse en la cama. Según pasaba la noche se le hacía más larga la espera, ansiaba la medicina que le daba su madre, pues solo en esos momentos se sentía bien, tan bien como antes de enfermar.
Ella llegó sobre las cinco de la mañana con el vaso en la mano. Ángel sentía el placer con solo verlo tan cerca, lo bebió con ansia y le pidió un poco más. Le dijo que no se podía abusar de la medicina y que con ese vaso ya se sentiría mejor. Y era verdad, aunque en ese momento se habría tomado unos cuantos más. Cuando se levantó de la cama se dio cuenta de que ya se encontraba bien. Su madre estaba en casa y aún quedaban un par de horas antes de que tuviese que acostarse, así que bajó a la planta de abajo. Disfrutaba mucho cuando ella llegaba tan temprano porque así podía aprovechar las horas de bienestar que le daba su medicina.
Corrió escaleras abajo y escaleras arriba, le parecía que lo hacía tan deprisa que casi volaba, o al menos eso pensaba él. Se acercó la hora de acostarse, su madre le recordó que tenía que dormir. Nunca podía quedarse más tarde de la hora que ella establecía, en eso era muy tajante. Y era mejor no llevarle la contraria... Un día se puso más rebelde de lo habitual y la cara de su madre casi le pareció la de un monstruo, desde aquel día se iba a la cama sin protestar. Subieron a la habitación y como cada noche su madre le arropó, bajó la persiana y cerró la puerta. Ángel oía desde la cama cómo ella echaba la llave, tres vueltas. Ya se había acostumbrado a ese sonido. No obstante, la primera vez que oyó que ella le encerraba había sentido pánico. Aunque realmente la angustia le duraba poco, porque desde que había enfermado tenía una gran facilidad para quedarse dormido y no se despertaba en todo el día.
Como cada tarde su madre fue a despertarle sobre las ocho. En realidad ya estaba despierto, pero le había prohibido levantarse hasta que ella fuera a llamarle por si se sentía demasiado débil y se mareaba. Ángel era un chico bastante bueno y obedecía en todo, aunque también era cierto que debía ser así si quería que las cosas fueran bien. No quería volver a ver a ese monstruo, así que era mejor cumplir todas sus normas. Se quedó con él hasta las doce, cuando se fue a trabajar. Ángel se dedicó a mirar por la ventana como era habitual. Vio salir a su madre y cruzar la calle, dobló la esquina y escapó de su visión. Al rato volvió a aparecer por la misma esquina andando calle abajo y se metió en un callejón, donde Ángel ya no alcanzaba a ver.
Algunas noches era habitual verla pasar varias veces por la calle. A veces paseaba calmada y otras subía o bajaba a toda prisa. Siempre salía de casa maquillada y se vestía muy elegante, pero cuando volvía su aspecto era desaliñado, el pelo enmarañado, el maquillaje corrido e incluso alguna vez sus medias estaban rotas. A Ángel no le preocupaba demasiado porque, a pesar de su apariencia, ella volvía cargada de energía y muy alegre.
Esa noche su madre estaba tardando más de lo habitual. Ángel empezó a encontrarse peor, en su mente se agolpaban ruidos como si toda una ciudad estuviera dentro de su cabeza. Notaba latir todas las venas de su cuerpo, las manos se le estaban poniendo blancas como el mármol. Sentía que se iba a desmayar. Intentó salir del cuarto pero la puerta estaba cerrada con llave. Desesperado, giró el pomo una y otra vez tirando de él con fuerza, gritó y golpeó la puerta, pero nada. Estaba tan débil que aquel sobreesfuerzo le hizo caer al suelo. Se acurrucó. Tiritaba, no sabía si de frío, miedo o dolor.
Cuando se tranquilizó, se levantó y abrió la ventana, se asomó para sentir el aire fresco. En la repisa se posó un pajarillo, Ángel lo cogió y lo miró fijamente. Las pupilas del animal se dilataron. Ángel podía sentir latir el corazón de aquel ser, lo escuchaba en su cabeza cada vez más fuerte. Entonces su rostro cambió, de la dentadura de Ángel salieron unos afilados colmillos, sus ojos se tornaron amarillos y bebió de aquel animal.
Al clavarle los colmillos, a su mente volvió la imagen de su madre diciéndole: «Lo siento, mi niño, pero esta es la única manera de que estemos juntos para siempre». Recordó cómo después le besaba en el cuello, ese leve pinchazo. Bebió de aquel pájaro hasta dejarle seco. Luego volvió a meterse en su cuarto, pues ya se sentía bien. Había encontrado la medicina que su madre le daba todas las noches.

                                        Mi Pluma LMC