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jueves, 14 de septiembre de 2017

El jarrón por Leticia Meroño Catalina



Sus manos acariciaron la superficie del objeto sin poder sentir la suavidad del material..., las grietas eran desagradables para las yemas de sus dedos. 
Lloró mientras lo apretaba con fuerza hasta que la sangre brotó...

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Cinco años antes

Una voz lo hablaba, pero él no quería escuchar. Fueron tantas las veces que la calló que la voz dejó de sonar y, con ella, desapareció su conciencia.
Hecho tras hecho fue matando la bondad de su corazón y la empatía hacia el resto de seres vivos. Se había convertido en un monstruo, pero nadie lo veía, pues el engaño era su máscara, hasta que fue demasiado tarde.
En uno de sus paseos por el bosque, donde solía acudir en solitario para desprenderse de todo lo que significaba su vida, se encontró con un hombre que de apariencia le resultó extraño. Aquel señor tenía un rostro que indicaba que su edad era muy avanzada y, sin embargo, caminaba con la ligereza propia de la juventud. Su voz también era rara, mientras le hablaba a veces le parecía escuchar a un anciano y otras a un niño. Era de una estatura muy pequeña y, a pesar de lo ágil de sus movimientos, cuando se detenía se apoyaba sobre un bastón.
El anciano se acercó hasta él y se colocó a su lado en silencio, después de unos minutos comenzó a hablar.
—¿Ves ese árbol? Es el más antiguo de este lugar. Su gran tronco y su altura le confieren una belleza inigualable y, sin duda, uno al mirarlo siente la fuerza, como si fuera imbatible.— El anciano agachó la cabeza y miró al suelo—. La realidad es que nada ni nadie es imbatible. Y lo más triste es cuando el daño lo ejerce otro ser vivo. ¿Podría este árbol sobrevivir ante un hombre con una motosierra? Me resulta absurdo pensar que algún ser humano quisiese hacer algo así, pero... en fin... ya sabemos lo que hay.
»Muchacho, escucha bien lo que te voy a decir.— Levantó la cabeza mirando el punto más alto de aquel árbol y su voz sonó fuerte y grave—. Cuando sostengas un jarrón con tus manos ten cuidado de que no resbale, si sin querer se te cae y se rompe cuando tú o quien sea lo reconstruya, por muy bien que sean pegadas las piezas, el jarrón nunca volverá a lucir tan bello como era. Y más cuidado aún has de tener de no romperlo a propósito, si lo tirases con fuerza contra el suelo se haría añicos y sería prácticamente imposible de recomponer, puede que a ti te diese igual porque ya no lo querías, pero ¿dime? ¿Crees que alguien querría un jarrón hecho añicos?
»Puede que yo no tenga tantos años como este árbol, o quién sabe, quizá los supere. Lo que sé y he aprendido a lo largo de mi vida es que cuando no quiero un jarrón lo mantengo intacto y cuidado, puede que algún día cambie de idea y quiera ponerle flores y si no fuera así sé que alguien admirará su belleza y lo lucirá con orgullo con las mejores de las flores. 
»No lo olvides, algo roto nunca volverá a ser como antes.

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Recordó la historia del anciano del bosque, al cual no había tenido en cuenta, y se lamentó por haber roto su jarrón, por saber que jamás aceptaría sus flores.
La sangre brotó y brotó hasta que las lágrimas se secaron.

2 comentarios:

  1. Una fábula admirable Leticia.

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  2. Muchas gracias, Fernando. Me alegra que te guste

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