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domingo, 6 de septiembre de 2015
Toc, toc
“¿Quién va?” Preguntó con pavor, una voz en susurros me contesta que yo. Abro la puerta buscando algún fin, pero en el cielo me veo reflejado sin ti. Parpadeo y la imagen se ha esfumado.
Cierro la puerta y me acurruco en el sofá, y en la habitación resuena un leve tic tac. El cuco marca las doce menos un minuto, justo hace un año fue la última vez que estuvimos juntos.
Tic toc. La puerta vuelve a sonar. Abro la puerta con cuidado, pero sé que me he de asomar. Tu rostro me mira frío y sereno, mi alma se destroza como hace ya un invierno.
La felicidad recorre mi cuerpo, al verte de nuevo aquí. Pero tus ojos son fríos, casi eternos. Tu mirada se pierde más allá del momento. La frialdad de tu rostro recuerda el momento en que te acompañe en tu entierro. Momento que revivo cada año, esta noche, otra noche como la de hace tanto tiempo. Tanto tiempo ya pasado que no logro recordar los motivos del por qué te he matado.
viernes, 4 de septiembre de 2015
Elementos V
Hil'az've se mantuvo firme junto con sus más leales súbditos en el último reducto de su civilización. En sus últimos momentos; mientras veía cómo los extranjeros asediaban y derruían lentamente los muros de su ciudad, sólo se apenaba de no poder asegurar un buen futuro a los suyos. Todo aquello por lo que habían luchado durante siglos, y que finalmente se alcanzó gracias a Hi'ax've y a Bal'az'uq, sería derribado en su reinado. Todo recaía sobre sus hombros, no podía defender lo que sus ancestros le habían dejado. Era su obligación y así lo sentía. Mientras el peso de la realidad avanzaba irremisiblemente fuera de sus murallas.
Aquellos descendientes de los primeros humanos eran los que habían profetizado los hiavianos, los que finalmente decantarían la balanza de la guerra. Ellos dominarían el mundo, al menos hasta que llegara una nueva raza. Lo único que le quedaba por hacer al último Gran Rey era morir honorablemente en el campo de batalla luchando por su pueblo. Así se engalanó de oro y plata para su última batalla, y escogió a su mayor y más poderoso corcel, eligió a los cinco mejores de su guardia personal y los vistió de plata y bronce. Cuando estuvieron armados y preparados bajaron desde la ciudadela donde se encontraba el palacio real y por una suave pendiente hacia la puerta principal, cruzando el centro de la ciudad mismo. Mientras realizaban la última marcha juntos los seis jinetes comenzaron a oir a los ciudadanos. Y no pedían su muerte en combate, les pedían que huyeran y buscaran a los dos antiguos reyes. El último hiaviano puro, antes de morir hacía cinco años, había profetizado que sólo la vuelta de los dos reyes traería la gloria pasada a los pueblos de Bal'ia y Hia'vea. El Rey se encontraba confuso, al principio eran unos pocos los que pedían que marchase en busca de aquellos dos míticos hombres, pero unos cien metros antes de alcanzar el portón que protegía la principal entrada, era toda la ciudad la que le pedía lo mismo. Decenas de miles de voces que unánimente gritaban "vete, búscalos", "no luches, encuentra a los dos reyes" y frases similares le llegaban hasta lo más profundo de su ser.
A la altura de los centinelas que custodiaban la puerta los seis jinetes frenaron la marcha. El Rey, que iba en cabeza, se giró y los miró, había tomado una decisión, aún podía hacer algo para defender a los suyos. Darles una última esperanza, al menos eso mantendría vivo el espíritu de su pueblo, y eso ya era más que simplemente morir.
"Partiremos hacia el norte, esquivando las tropas sin pararnos a luchar, solo huiremos. Debemos encontrar a Bal'az'uq y a Hi'ax've y pedirles que regresen y liberen a nuestro pueblo, esa es nuestra misión."
Apenas unos días más tarde la ciudad fue conquistada y masacrada. Al no encontrar un rey al que usar como ejemplo de lo que podría ocurrirles si se revelaban, decidieron que una ciudad destruida mandaría el mismo mensaje. Aunque no todos sus ciudadanos fueron asesinados. A la mayor parte los esclavizaron, al resto los enterraron junto con la ciudad. Libres de todo yugo, muertos como ciudadanos libres de un reino que había perecido junto con sus últimos defensores.
La historia que siguió en aquellas tierras y en el resto del mundo es difícil de decir puesto que es confusa y no la conozco o no me la contaron como parte de ésta. Sólo sé que los nombres de todo y de todos fueron cambiando con el tiempo y los pueblos que fueron viniendo después ampliaron o distorsionaron sus historias para adaptarlas a su cultura. Puedo deciros que aquella zona con el tiempo fue llamada mesopotamia, pero aparte de esto todo lo que diga serían conjeturas que he ido sacando con el paso de los años. Mi mente ya no es lo que era, y seguro que he encontrado más coincidencias con la realidad en este relato por mi propio deseo involuntario. Ya que si esta historia fuera cierta, significaría que realmente lo que dijo mi padre también era cierto y este relato que os he contado se ha transmitido de generación en generación entre la última familia de los bil'uus, y yo sería pues el último descendiente de esta antiquísima familia.
miércoles, 2 de septiembre de 2015
La sombra del bosque
No muy lejos, una oscura sombra brincaba de copa en copa, persiguiendo el dulce aroma a juventud que la doncella exudaba por cada uno de los poros de su piel. La sombra se movía con una agilidad y velocidad propia de su elemento, y en sus ojos ensangrentados un atisbo de felicidad asomaba a cada inspiración que tomaba cargada con el embriagador perfume de la joven.
Las horas transcurrían rápidamente bajo la mirada acusatoria de la luna, pero antes de que el sol despertara por el horizonte y trajese consigo la paz de un nuevo día, un grito desgarrador hizo teñirse el horizonte de rojos y que miles de aves se alzasen entonando un canto fúnebre.
El hermoso cadáver de la joven yacía frio y pálido sobre la húmeda turba del suelo, un fino hilo de color ámbar surgía tímidamente de la única herida que su perfecto cuerpo lucia. Mientras, desde las últimas sombras de la noche, unos ojos inyectados en sangre la contemplaban llenos de satisfacción y lujuria…
El calor era insoportable llegado el medio día. Un anciano granjero que vivía junto al viejo bosque de Holwën, aguardaba intranquilo el regreso de su joven y única hija. Se había levantado con la ausencia de la joven y ya era casi la hora de almorzar y aun no había regresado.
Las horas trascurrían y el anciano se impacientaba cada vez más, sin moverse de su porche no dejaba de otear entre los ancianos y tétricos arboles del tan afamado por sus historias, bosque de Holwën.
Cuando la noche se alzo majestuosa sobre el fin del mundo, la infinita paciencia del anciano se agoto y, con el corazón encogido por las oscuras sospechas, tomo una antorcha en su mano y se puso en marcha hacia la aldea más cercana, en donde amigos y vecinos dormían ajenos a su perdida.
La oscuridad aun gobernaba sobre la plaza central, cuando el anciano, tenuemente iluminado por las exhaustas llamas de la antorcha, ahogado en sus lagrimas grito a sus vecinos y amigos palabras de auxilio.
- Ayuda, necesito ayuda para encontrar a mi hija. Amigos y vecinos, soy Deiol y necesito de vuestra ayuda para encontrar a mi hija en el viejo bosque de Holwën…
Gritó y gritó, pero respuesta alguna no hallo, el anciano sentía como su pecho se encogía solo con recordar las historias que durante generaciones se habían contado hablando de jóvenes mujeres que se perdían entre los quebrados troncos de los arboles de Holwën y que jamás volvían a verse, historias que hablaban de cientos, tal vez miles, de jóvenes doncellas como su hija.
Mientras sufría al ver que nadie le ofrecía ayuda alguna, una voluta de humo apareció junto a su mejilla y se esfumo con su primera bocanada de asombro. Se giro rápidamente. Bajo una oscura capucha unos infinitos ojos negros brillaban con la luz que emitían las ascuas de una pipa de tabaco.
El viejo Deiol reculo con el susto, con tan mala suerte que tropezó y cayó al suelo. Ante él dos sombras se alzaban recortando su silueta en el despejado cielo estrellado.
- Tranquilícese señor Deiol, somos parte de los hermano Gron. Nosotros estamos aquí para ayudarle.
- Gracias, muchísimas gracias, no sé cómo puedo agradecéroslo. MI hija…- balbuceaba nerviosamente el viejo granjero.
- No se preocupe por ello, ya hablaremos después. Ahora díganos cuando desapareció su hija exactamente.
- No lo sé, esta mañana vi que no estaba.
- Si desapareció ayer noche… Solo nos quedan dos noches más antes de que vuelva a desaparecer.- Dijo con voz ronca y quebrada el misterioso encapuchado que permanecía algo más apartado y sumido en una total oscuridad.
- Vamos, no podemos perder más tiempo.- dijo el otro encapuchado mientras volcaba al suelo las ascuas de su pipa.
- Pero…- el anciano se quedo allí petrificado mientras veía alejarse a quienes le aseguraban que le ayudarían a encontrar a su hija.
Con las primeras luces del alba, ambos encapuchados, los cuales solo dejaban ver sus profundos ojos, llegaron a los limites que los ancianos arboles marcaban alrededor de su ancestral corazón.
- ¿Crees que habrá abandonado ya el cuerpo o que por el contrario seguirá por aquí pese a nuestra presencia?- pregunto el encapuchado de ojos negros entre calada y calada.
- Ixel necesita esto, si en dos noches no lo consigue tendrá que regresar al averno. Por eso, como hasta dentro de dos noches no conseguirá acumular suficiente poder, no creo que esta vez abandone el cuerpo de la joven. Puede que no lo veamos, pero estará escondido cerca, muy cerca.- dijo el segundo encapuchado de ojos blancos.- Ahora, Zoul, adentrémonos en este lugar de culto, en cuyas raíces se esconde el peor de los demonios que caminan sobre este mundo.
- Como ordenes Gron, tus palabras son órdenes para tu hijo.
Los dos hombres se adentraron en la espesura y la sombra de los siglos los envolvió hasta hacerlos desaparecer.
La brisa silbaba entre las retorcidas ramas de los ancianos arboles. Desde lo alto de una copa una oscura sombra, tan negra como el abismo, descansaba tras un largo día encogida en la brecha de un tronco. Pocos metros más abajo, el joven cuerpo, frio y rígido, aguarda su nuevo destino. Su pelo brilla como la plata bajo la luz de la luna, su tersa y blanca piel se asemeja a la más perfecta porcelana y en sus ojos solo habita el vacio del olvido.
De nuevo el aire se mece. Los ojos de la oscura bestia se abren de par en par aun inyectados en sangre, el aire de la noche le trae el olor de alguien a quien conoce muy bien. El miedo la sobrecoge y la incertidumbre estrangularía su alma si aun la tuviese.
Desea huir, pero sabe que esta es su última oportunidad. Si decidiese marcharse se vería obligada a regresar al vacio del que proviene, pero quedarse podría significar el fin de su propia inexistencia en el este mundo y en el propio averno. Aquella tenía que ser la definitiva, no había tiempo para otra, si al menos… Si, a su mente había acudida la solución perfecta y sin tan siquiera proponérselo. En sus ojos ensangrentados volvía a brillar la misma luz que en la noche en que cazase a la joven.
Entre la luminosidad del cielo estrellado, la sombra corría velozmente hacia lo que sería su fin si salía mal o un nuevo comienzo en este mundo.
- Nos ha descubierto.- dijo Gron.
- ¿Cómo?
Un silbido fino se deslizo por la brisa y llego hasta los oídos del anciano. Para Zoul era demasiado tarde, sus oídos jamás oirían aquel fino silbido pues su cabeza ya rodaba por el suelo. Gron, sin apenas inmutarse ante la pérdida de su compañero, se limpio del rostro la sangre que le había salpicado, para después restregársela en sus blancos ojos. Estos comenzaron a tornarse de color rojo fuego lentamente.
- Pobre inútil, cada vez escoges peor a tus ayudantes. Perdón, se me olvidaba que son tus propios hijos.- se escucho la voz burlona de la bestia que provenía de cada rincón y cada sombra.
- Al menos ellos no son unos parásitos, no son basura etérea que necesita un recipiente para no desbordarse y perderse en el olvido.
- Es verdad, te tengo que dar toda la razón en eso. Por cierto… ¿Qué pintas tu aquí? ¿Cómo has logrado encontrarme?
- Tu hedor es fácil de seguir. Piensa que ya son muchos años persiguiéndote, después de tanto tiempo uno va aprendiendo las malas costumbres de sus enemigos. Te aseguro que a estas alturas sería capaz de sentirte entre los miles de los tuyos que habitan en el abismo del fin del mundo.
- Observo que en tu pecho late con fuerza el mismo odio desde hace siglos. Eso no ha de ser bueno, tanto rencor reconcomiéndote desde hace tantísimo tiempo… Y todo por que acabe con la miserable existencia de tu hermana. Bueno y después con la de tu padre, tu madre, y en definitiva con la de toda tu familia y la de aquella apestosa aldea en la que vivías. Si lo piensas bien, creo que me debes en realidad mucho más de lo que crees. Gracias a mi, y en segundo lugar a aquel juramento, has logrado vivir diez veces más que cualquier otro hombre, has visto nacer y morir reinos enteros, has conocido decenas de amores y muchísimas más cosas. Sin embargo prefieres odiarme y deseas con todo tu ser matarme, me das asco y deseo que esto termine de una vez por todas. Esta noche terminare con la tarea que comencé hace ya nueve siglos, terminar con todos los tuyos. Tu eres el último descendiente verdadero de los Gron y contigo hoy perecerá la única familia de humanos capaz de dar caza a los míos. Con tu muerte terminara esta época de luz y yo y mis hermanos podremos traer la oscuridad a este bosque y a todas las tierras del mundo.
- ¿Llevabas muchos años ensayando esas palabras? Sal y combate. Déjate de fanfarronadas y acepta tu muerte en el mismo lugar que te vio nacer. Esta noche el bosque de Holwën dejara de ser el portal al averno en que lo habéis convertido.
El crujir de la madera se alzo en el vacio eco del bosque, Gron alzo sus rojos ojos y vio como varios árboles se precipitaban hacia él desde los cielos. Empleando las artes heredadas durante generaciones en el seno de su familia, Gron alzo los brazos y profiriendo un grito rechazo el ataque e hizo que los arboles saltasen por los aires. De repente un brillo avanzaba a gran velocidad hacia él, la sombra corría como un relámpago hacia el desprevenido anciano. Gron salto hacia los aires intentando esquivar el ataque de su feroz enemigo, pero era demasiado tarde, la sombra había logrado golpearle y derribarlo en el suelo.
Los golpes se sucedían, la esencia y la sangre se derraman por los suelos, nada se daba por ganado ni por perdido, aquel combate resultaba crucial para ambos rivales y ninguno estaba dispuesto a perderlo.
Gron cayó al suelo mal herido, con el rostro ensangrentado y las ropas sucias por la negar esencia que la sombra derrama. Sabía que debía jugárselo todo a una última baza, un hechizo que su padre le había enseñado siglos atrás. Sosteniéndose sobre una rodilla comenzó a balbucear las palabras que contenían el poder que necesitaba, un lenguaje oculto a todo ser vivo y procedente del más escondido rincón del propio averno.
Mientras el anciano se concentraba, la sombra intentaba recomponerse del último ataque recibido. De un salto bajo del árbol al que se había visto lanzado y observo al viejo Gron, al fin aquel inútil utilizaría su ultima arma, al fin lograba llevarlo donde deseaba.
- Gron, ese truco cutre no te funcionara con migo. He vivido durante milenios entre las ascuas del averno, que invoques una bola de fuego infernal no lograra destruirme.
- Puede que no, pero al menos arrasara todo este bosque y con ello el cuerpo de la joven. Tendrás que regresar al abismo y sabes que allí ya no eres bien recibido.
- ¿Estás seguro de ello?- grito la sombra a la par que se abalanzaba hacia el anciano.
De la palma de la mano broto una pequeña esfera de color rojo intenso, una bola que a medida que se alejaba de Gron crecía y crecía hasta que en apenas un abrir y cerrar de ojos, el cielo estaba iluminado por las mismas llamas del sol y un calor insoportable reinaba en el lugar.
Una gran explosión hizo temblar los cimientos de la tierra, y por unas milésimas le tierra se ilumina como si del mismo sol se tratase. La fuerte honda expansiva pillo al anciano Gron y lo hizo volar hacia atrás, mientras volaba y antes de perder por completo el conocimiento, lo último que logro a ver era como la sombra era engullida por la esfera de fuego.
- ¿Está bien anciano?- los oídos de Gron aun pitaban.
Lentamente abrió los ojos y contemplo la luz de un nuevo día. No era posible, debía de haber muerto, pero aun seguía vivo, todo era muy confuso. Si él seguía allí quería decir que su misión aun no había terminado, si él seguía allí quería decir que…
En un recóndito lugar unos jóvenes jugaban en un riachuelo cuando el más joven de ellos grita…
- Hermano, mira una doncella. Es hermosa, pero sus ojos… son del color de la sangre.
Elementos IV
Durante varias décadas las batallas se sucedieron, y los hiavianos y balianos empezaron a menguar rápidamente en número pues eran el objetivo principal de ambos ejércitos. Si bien Hia'ax've devolvía a la vida una y otra vez a aquellos que podía, lo cierto es que la completa carbonización los dejaba fuera del alcance de todo poder y la lentitud con la que gestaban las mujeres y crecían los niños les impedía recuperar sus fuerzas de las devastadoras campañas con los humanos. Así ambos bandos se intentaron exterminar de esta forma.
Aún viendo su decadencia por culpa de las guerras, los hiavianos y balianos no cejaron en su intento de vencer al rival sin darse cuenta, o quizás sí que eran conscientes, de que el mundo dejaba de pertenecerles y pasaba a manos humanas con lo que el motivo fundamental de la guerra empezaba a perder el sentido. Aunque simbólicamente hacia tiempo que los líderes de ambos bandos eran humanos, ahora realmente todo el poder, principalmente el militar, recaía sobre los últimos nacidos.
Siendo éstos dueños absoluto de todas las ciudades del mundo, el odio que se sentían los pocos miembros vivos de las razas antiguas comenzó a menguar, y así paulatinamente los humanos fueron abriendose más unos a otros y dudando de la finalidad de la guerra hasta que al fin los dos mayores hombres que dio aquella época tuvieron su primer encuentro en persona, algo que ambos habían deseado desde que Hi'ax've descubriera su don en su primera batalla en Uq.
De aquel encuentro y de lo que hablaron nadie supo nada. Solo que la paz iba a ser firmada y los dos reinos que antes se mataban ahora se fundirían en uno solo para olvidar el pasado y comenzar un nuevo futuro como un solo pueblo. Obviamente aquello no gustó demasiado a los balianos ni a los hiavianos que aún quedaban pero su número era tan reducido que apenas tenían voto en las decisiones de cada reino. La decisión de aquellos dos reyes fue ejemplar pues renunciaron a su posición y entronaron a un hombre nacido de ambas culturas. Al que llamaron Hil'az've, quien eligió Uq como capital del Reino. Una vez este hombre fue coronado, los dos anteriores reyes desaparecieron juntos y nadie más supo de ellos. Muchas historias se contaron del lugar a donde fueron pero nadie supo jamás realmente lo que hicieron tras desapacer.
Durante unas décadas el reino estuvo en paz, y los balianos y hiavianos comenzaron a crecer en número aunque siempre en menor proporción que los humanos. Pero si hay una cosa certera en este mundo es que la guerra siempre vuelve. Y así fue, aquellos humanos que decidieron quedarse en su ciudad, los que jamás se movieron de su lugar de origen llegaron una mañana de otoño sin previo aviso hasta las puertas mismas de Uq.
Los primeros fueron un pequeño grupo de diez personas de piel muy oscura y de rostros enjutos, ojos negros como el azabache y el pelo, del mismo color, corto y rizado. Al igual que fueron vistos, desaparecieron sin llegar a tener contacto con los uqianos. Nadie dio importancia a aquel incidente hasta que llegaron las hordas. El número de personas que aparecieron dejó estupefactos a todos los habitantes del reino, aún más a su Rey que sin dudarlo organizó las fuerzas defensivas. Por primera vez hiavianos, Hi'ax y uqianos lucharían juntos tras milenios de guerras. La paz actual había permitido aumentar algo el número de personas con capacidad para manejar los elementos, y así se conformó el ejército con cuatro cuerpos: infantería en el centro, caballería en las alas, arqueros en retaguardia junto a bil'uus y por último hiavianos y balianos. Antes de la batalla el Rey Hil'az've animó a sus tropas y ellos se sintieron invencibles antes de la batalla y así habría sido de encontrar un ejército similar. Pero lo que estaba frente a ellos fue algo que los dejó aún más sorprendidos. Aquel ejército lo componía un innumerable cuerpo de infantería, armados con lanzas largas y armaduras de cuero, que desbordaba las alas de la caballería, y tras ellos decenas de miles de arqueros junto a una serie de máquinas que jamás habían visto.
Así la batalla dio comienzo al mediodía. Pequeños huracanes y algunos granizos gigantes golpeaban la masa de infantería a cambio el ejército recién llegado devolvía enormes piedras lanzadas con violencia al conjunto del enemigo, o pequeñas y medianas piedras afinando más la puntería sobre las zonas donde más presionaban a sus tropas. También lanzaban jarras con aceite y después flechas incendiarias y prendían fuego incluso a algunos de los suyos, pero la furia con que se lanzaban al ataque en combate individual era incontrolable. El ejército uqiano estaba cediendo en las alas donde la caballería era incapaz de contener a la infantería armada con lanzas, y, aunque el centro aún aguantaban las envestidas, si lograban envolverlos todo acabaría para siempre. Asíque el monarca decidió retirarse a la ciudad y elegir una nueva estrategia pues aquella les llevaba a la perdición, pensó que las murallas podrían protegerle...
Al llegar a la ciudad los invasores se quedaron a cierta distancia y colocaron sus máquinas a la suficiente distancia para bombardear las murallas, cosa que hicieron durante una semana. Además montaron un campamento alrededor de Uq y se alimentaron de los cultivos cercanos y de algunas caravanas, que ilusamente salieron de sus ciudades pensando que al llegar tendrían un enorme ejército vencedor deseoso de celebrar la victoria. Esta semana la emplearon para construir, con árboles de los bosques circundantes, dos grandes torres de madera que fueron empujando hasta situar a la altura de las murallas sobre las que cayó un puente, tras este una abertura de la que comenzó a salir una marea desbordante de hombres armados esta vez con espadas cortas de hierro y escudos redondos de madera tachonada de cuero. Éstos se lanzaron sobre la ciudad, Uq se había mostrado confiada y apenas había hecho más que ver lo que otros hombres lograban con su habilidad manual, eso les llamaba la atención pues estaban acostumbrados a las comodidades del poder de los bil'uus y de hiavianos y balianos, ya que eran quienes se encargaban de construir todo. La lucha fue sangrienta, larga y muy dura para todos, tanto invasores como defensores, y al final cuando todo terminó Uq había sido conquistada. Aunque su monarca no fue capturado ya que logro huir para refugiarse en Hia'vea la segunda gran ciudad del reino.
Los invasores renombraron a la ciudad como Uruq, que para ellos significaba ciudad conquistada. Sus ciudadanos no fueron exterminados, pero sí se les impusieron las leyes de este pueblo y aunque no los trataron mal, nunca tuvieron ningún derecho. Éstos nuevos dominadores no se conformaron ahí y poco a poco fueron conquistando ciudades y pueblos hasta cercar a Hil'az've en Hia'vea.
martes, 1 de septiembre de 2015
Elementos III
Los humanos se lanzaron a la carga con toda su infantería y caballería mientras los arqueros tapaban la poca luz que permitían las tormentas hiavianas. La estrategia era la misma desde que los humanos existían, cada parte intentaba destrozar a sus enemigos para lograr la superioridad numérica mientras los elementales se mantenían a raya unos a otros defendiendo así a los humanos. El campo de batalla era pues un centro donde los humanos se despedazaban rodeado de tormentas, relámpagos, tornados, pequeños seísmos, levantamientos de tierra, enormes bolas de fuego... Como si el mundo se destruyera a sí mismo coregrafiando las batallas individuales que sucedían entre los hombres.
Bal'az'uq que se había mantenido al margen, observando la batalla. Los bil'uus estaban haciendo un trabajo espléndido con tan poco poder. Incendiaban aquellas flechas que estaban cerca de impactar contra enemigos, lanzaban pequeñas piedras a una velocidad desorbitada como proyectiles hacia los hiavianos que resultaron ser extremadamente eficaces pues para detenerlas no valía un muro ni un pequeño golpe de aire como con las flechas pues perforaban casi sin inmutarse cualquier corriente en cualquier dirección gracias a su propio peso. También ayudaban a derretir los enormes aerolitos para que llegaran siendo pequeños granizos. Sin entrar en combate la victoria parecía decantarse hacia el bando uqiano. En ese momento entró en combate.
Lo primero que hizo fue levantar dos gigantescas colinas a ambos lados del lugar en que los hiavianos concentraban sus tropas. El terreno comenzó a temblar, la batalla pareció detenerse y durante un instante, una pequeña fracción de segundo, se hizo el silencio y la voz del Rey de Uq volvió a retumbar en todos lados 'arded malditos traidores de la paz'. Un sonido enmudeció definitivamente todas las voces y sonidos y las montañas estallaron en un mar de piedra fundida. Las cenizas eran tan pesadas y calientes que derritieron todos los granizos y evaporaron la lluvia, formando una masa de nubes y cenizas compacta y oscura con pequeñas trazas rojas que daban la sensación de que el cielo estaba ardiendo. La lava era fluida casi como agua, tal era la temperatura a la que estaba. Los hiavianos se quedaron perplejos e impotentes, no podían mover apenas el aire pues pesaba demasiado y no enfriaban con agua lo suficientemente rápida aquella marea que en apenas unos segundos los convertiría en cenizas y en una raza en grave peligro de extinción, pues allí estaban la práctica totalidad de los varones hiavianos.
En el centro, tras el susto inicial, la batalla volvió con intensidad renovada tras el pequeño descanso. Los uqianos aunque inferiores en número presionaban con su infantería en el centro, dejando las alas protegidas por su caballería que esperaba contener el tiempo suficiente a la caballería Hi'ax. Los arqueros de ambos bandos se unieron a la batalla como infantería ligera de apoyo tras agotar sus flechas. Y aunque los uqianos disponían de más arqueros la diferencia númerica apenas varió. Muchos hombres hicieron fama y gloria en esta primera batalla, pero ninguno se recuerda hoy en día... Empero hubo uno que durante largo tiempo fue tan admirado y amado como Bal'az'uq.
El magma fue cayendo ante los impotente hiavianos que comenzaron a huir para intentar salvar sus vidas. Muchísimos morían incinerados casi instantáneamente al ser tragados por la marea roja. El ejército enemigo estaba hundido, sin sus elementales los balianos usaron todo su poder para destruir la caballería humana y asi los uqianos envolvieron la enorme masa de infantería. Poco a poco las tropas estaban siendo diezmadas, estaba siendo una absoluta carnicería, la aniquilización absoluta del enemigo, pero como dije antes, esta no fue la que más víctimas produjo pues cuando todo estaba perdido una luz verde iluminó el centro del campo de batalla y el grito de otro hombre fue capaz de superar a todos los demás e incluso pareció ralentizar el mismísimo magma de Bal'az'uq. 'Basta, volved junto a mí hermanos, no me dejéis' un sonido que partió el alma, pues era triste y amistoso, todos sintieron lástima de aquel pobre hombre y los que más cerca de él se encontraban vieron como se arrodillaba y lloraba, y sus lágrimas flotaron en el aire, sus ojos se tornaron verdes aunque siempre habían sido negros y ocurrió algo que dejó atonitos a todos pues aquel aura verde que parecía emanar de la piel del muchacho rodeó a todos los muertos en combate y a los restos que de muchos hiavianos habían quedado tras ser tragados por la piedra fundida. En unos segundos todos recobraron su estado natural, sus cuerpos habían sanado o más bien estaban como si nunca hubieran entrado en combate. Todos descansados y listos para continuar hasta el punto que algunos recién levantados sin saber bien que había ocurrido se lanzaron a la lucha pero aquel muchacho se levantó y su solo movimiento hizo a todos girar su cabeza para mirarlo. Tiró sus armas, se dio la vuelta y marchó andando. Sus enemigos respetaron su vida y su tregua y sus aliados lo siguieron como a su nuevo líder, todos en silencio tanto hiavianos como Hi'ax se marcharon dejando en el campo de batalla todas sus armas y a los pocos que habían sido reducidos a cenizas y no pudieron ser reanimados. Cuando Hi'ax've, como sería llamado después, se encontraba junto a los volcanes se giró y miró directamente a los ojos a su rival Bal'az'uq que también había respetado su tregua y detenido el flujo del ardiente líquido y sus cenizas. Desde la distancia los ojos de estos hombres se encontraron, se respetaron y se comprendieron el uno al otro. Aún sin controlar muy bien su poder el joven se detuvo a lamentar profundamente todo el daño que su pueblo y sus aliados habían causado y volvió a gritar una vez más con aquella voz que producía tanta lástima a quien la escuchaba 'perdonadme por lo que hemos hecho, por favor aceptad nuestras disculpas y volved a casa, os lo ruego volved y reencontraros con vuestras mujeres e hijos' y aquella maravillosa aura verde rodeo todos los cadáves posibles del campo de batalla y como una vez había ocurrido, todos los hombres se levantaron intactos y en plenas condiciones.
Fue la primera vez que alguien despertó aquel poder, al que muchos llamaron el quinto elemento sin saber muy bien que elemento controlaba, otros lo llamaron sanador, curandero y otros muchos nombres, pero lo cierto es que como más lo llamaron y fue recordado era como Hi''ax've, Rey de los hiavianos y de los Hi'ax, y su poder consistía en el control de la vida, pero no así de la muerte. Pues nunca volvió a luchar y con ello nunca volvió a quitar una sola vida, aunque estuvo en todos los campos de batalla que se sucedieron tras aquel ataque a Uq.
Elementos II
Bal'az'uq no solo cambió el curso de la guerra igualando de nuevo las fuerzas, sobreponiendo la superioridad numérica y de preparación de las tropas hiavianas, tambien cambió el curso de la historia para siempre.
De talla baja y cuerpo delgado, ojos verdes almendrados, barba de chivo y una gran sonrisa en su boca que siempre lo acompañaba incluso en las batallas más complicadas. Asi era el primer humano en controlar los elementos y el primer ser vivo en controlar los cuatro. Desde el momento en que lo hizo en la ciudad de Uq una ley no escrita cambio. Los elementales y los humanos que nunca se habían mezclado entre ellos, comenzaron a hacerlo dando fruto a una raza nueva, la primera nacida por la unión de otras dos. Con el tiempo esta nueva raza acabaría por ser la que dominara en Uq. Aun asi la convivencia en Uq entre balianos humanos y bil'uus era buena. Gracias a Bal'az'uq y su gran poder la guerra tuvo por fin una paz de varios años, en los que varias ciudades fueron fundadas y el comercio entre humanos fluyó. Esto generó una cierta estabilidad y prosperidad, y aquello logro que aquel hombre fuera visto como una especie de salvador por todos los bandos pues había traído felicidad y paz a un mundo cansado y devastado por la guerra.
Pero todo lo bueno se acaba y la sangre regó la tierra una vez más. Los hiavianos no habían estado ociosos prepararon un meticuloso plan para destruir Uq para siempre.
El día del solsticio del año veintidos mil setencientos setenta y dos o lo que es lo mismo el año trescientos setenta y cinco mil a.C aproximadamente, Uq se vio envuelta en una tormenta con huracanes como no se habían visto jamás. Las murallas estallaban en pedazos cuando recibían un relámpago o el impacto de un aerolito gigantesco. Aun asi pocas casas o edificios fueron dañados gracias a la rápida intervención de los biluus que podían controlar los elementos aunque no con gran maestría y por supuesto de los balianos y sus poderosas cúpulas de tierra. La primera batalla no fue la que más víctimas produjo pero sí la que más daño provocaría a largo plazo.
Tras las primeras embestidas los balianos consiguieron organizarse siguiendo la poderosa voz de Bal'az'uq y salieron por la enorme puerta de granito que se abrió ante el rey de su ciudad con un leve movimiento de mano. Justo ante la puerta miró al cielo nublado, los rayos y los granizos y alzando sus manos desgarró el aire con su portentosa voz 'no quiero nubes sobre mi ciudad' y un poderoso torbellino surgió entre las nubes que las deshizo dejando un cielo soleado. Salieron los uqianos al campo de batalla y al fin las huestes de ambos bandos se tuvieron de nuevo frente a frente.